Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
Salmo 23:5 (RVR60)
En tiempos bíblicos existían reglas de hospitalidad que eran habituales entre los pueblos orientales. Cuando alguien organizaba un banquete, preparaba todo para el agasajo. Había abundancia de comida y bebida y mientras los invitados iban llegando se les daba agua para que pudiera lavarse y el dueño de casa les daba la bienvenida derramando sobre sus cabezas aceites fragantes, delicados perfumes, y también los besaba. En la casa del anfitrión el huésped gozaba de su protección, ningún enemigo tenía derecho a invadirlo.
También comer y beber a la mesa de alguien era una manera de establecer un vínculo de lealtad mutua, muchas veces significaba la culminación de arreglos previos para establecer un pacto.
En el Salmo David está diciendo que en presencia de sus enemigos, de aquello que lo angustiaba Dios era su anfitrión, lo invitaba a su casa, preparaba una fiesta y le daba la bienvenida con todos los honores.
En medio de los conflictos Dios no solo le daba protección, sino que hacía una fiesta para él, donde la abundancia “mi copa está rebosando” y el vínculo de lealtad entre ambos estaba garantizado.
¡Dios establecía pacto con él!
Papá quiere que te sientas bienvenido en Su presencia, aun en medio de situaciones que no hayas elegido y que te son contrarias, él tiene una fiesta preparada a la que estás invitado siempre, sin condiciones. Su lealtad y compromiso a cumplir el pacto siguen tan vigentes como entonces.
Cuando conocemos estas costumbres, las palabras que Jesús dice cuando fue invitado a cenar en la casa de Simón el fariseo son muchos más fáciles de entender:
Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.
SLucas 7:44-46 (RVR60)
La mujer que ungió a Jesús hizo todo lo que el anfitrión había pasado por alto. Para ella el Señor era digno de la más honrosa bienvenida, aunque ella no fuera la dueña de casa.
Hoy es una buena oportunidad para que recibas el aceite perfumado con el que el Señor te da la bienvenida a su fiesta y también es una ocasión más para que puedas hacer que otros se sientan también bienvenidos y aceptados.
Mónica Lemos
