Jesús ya se iba cuando vio a un hombre llamado Mateo sentado en el lugar donde se pagaban los impuestos. Jesús le dijo: «Sígueme». Entonces Mateo se levantó y lo siguió. Jesús estaba comiendo en la casa de Mateo y allí llegaron muchos cobradores de impuestos y pecadores. Todos comieron con Jesús y sus seguidores. Cuando los fariseos vieron esto, empezaron a preguntar a los seguidores de Jesús: — ¿Cómo es que su maestro está comiendo con los cobradores de impuestos y pecadores?
Mateo 9: 9-11 PDT
Jesús acababa de invitar a un publicano a seguirlo y ser parte de su entorno más cercano. Una de las personas menos aptas para ser discípulo de un maestro religioso, alguien contaminado y asociado a la explotación romana.
Los publicanos eran personas que compraban al gobierno romano el derecho de cobrar los impuestos y hacían así sus propios negocios con la recaudación de sus compatriotas, o sea que el publicano conscientemente se enriquecía a costa de sus hermanos de nacionalidad.
Jesús arriesgó su reputación y honorabilidad al asociar a sus discípulos a alguien tan despreciado, pero su deseo de relacionarse y vincularse con todos por igual lo llevo a tomar esta decisión tan controvertida.
Su deseo era crear vínculos y construir amistades.
El mismo Mateo no saldría de su asombro, pero para este hombre era su oportunidad de cambiar su imagen y comenzar a ser alguien aceptado.
Jesús sabía quiénes eran las personas que podían rodear a un hombre de esta calaña, un desertor del pueblo, y a pesar de todo fue a su casa y se sentó a su mesa para compartir una comida.
Este hecho fue criticado y muy mal visto para quienes no sabían a qué había venido Cristo, ni su carácter amistoso y compresivo.
Jesús tomaba la iniciativa para crear relaciones con personas marginadas y así transgredía lo que era “bien visto” por los religiosos. Se comunicaba e interesaba en sus necesidades, y dejaba huellas en esas personas.
El ministerio de Jesús se trataba principalmente de crear relaciones, comunicarse con los demás, ser un referente de la amistad. Un creador de lazos que provocaba cambios aun en los desconocidos.
Él tenía amigos cercanos e íntimos, pero su característica era detenerse en los caminos, entrar a las casas, sentarse en lugares públicos y relacionarse con todos por igual. Siempre encontraba la manera, el lugar y el motivo exacto para conectarse con alguien y entablar una relación que bendijera.
Hoy, estamos llamados también a crear lazos y establecer relaciones sanas para presentar y dar el amor de Dios.
“Más personas han llegado a la iglesia por la amabilidad del verdadero amor cristiano, que por todos los argumentos teológicos en el mundo”
William Barclay
Nuestra responsabilidad es constituirnos en provocadores de buenas obras, esta realidad puede cambiar a muchas personas, y saciar el vacío que hoy muchos tienen de verdadero afecto y amistad.
Ruth O. Herrera
