Tú, deja tus pesares en las manos del Señor, y el Señor te mantendrá firme; el Señor no deja a sus fieles caídos para siempre.
Salmo 55: 22 RVC
La experiencia de caerse es común. A todos nos ha pasado alguna vez, vamos caminando y de repente tropezamos con una raíz de algún árbol que sobresale o con una vereda rota y en un instante quedamos tendidos en el suelo. Este tipo de caída es literal. Pero también sucede que podemos cargar el peso de las preocupaciones o responsabilidades durante tanto tiempo que sentimos que estamos tirados. No podemos enderezarnos ni ponernos de pie nuevamente. El peso nos agobia, perdemos las fuerzas. O alguien nos “roba” los sueños y proyectos y quedamos sin poder reaccionar a tiempo. Es evidente que necesitamos ayuda.
Jesús contó una historia para ilustrar el concepto de prójimo, de vecino, de semejante o cercano.
Jesús respondió con una historia: Un hombre judío bajaba de Jerusalén a Jericó y fue atacado por ladrones. Le quitaron la ropa, le pegaron y lo dejaron medio muerto al costado del camino. »Un sacerdote pasó por allí de casualidad, pero cuando vio al hombre en el suelo, cruzó al otro lado del camino y siguió de largo. Un ayudante del templo pasó y lo vio allí tirado, pero también siguió de largo por el otro lado. »Entonces pasó un samaritano despreciado y, cuando vio al hombre, sintió compasión por él. Se le acercó y le alivió las heridas con vino y aceite de oliva, y se las vendó. Luego subió al hombre en su propio burro y lo llevó hasta un alojamiento, donde cuidó de él. Al día siguiente, le dio dos monedas de plata al encargado de la posada y le dijo: “Cuida de este hombre. Si los gastos superan esta cantidad, te pagaré la diferencia la próxima vez que pase por aquí”.
San Lucas 10: 30-35 NTV
Los protagonistas del incidente son los siguientes: un judío que estaba de viaje, a quien los ladrones atacaron, le sacaron todo, le pegaron y lo dejaron al costado del camino. También aparecen dos religiosos, que deciden seguir de largo y un desconocido, la persona menos pensada, que lo ve, se compadece, lo levanta, cura sus heridas y lo traslada a un lugar donde pueda descansar. Además, corre con todos los gastos.
La llamada parábola del buen samaritano es conocida por todos. Ha sido leída y predicada muchísimas veces. Se le ha dado múltiples aplicaciones: una de ellas es la de compadecernos y ayudar al que lo necesita. Es obvia, la que surge a simple vista cuando leemos el pasaje.
Sin embargo, en un sentido profundo, Jesús es ese “buen samaritano” el prójimo por excelencia, Él decidió acercarse y venir a buscarnos. Sufrió el desprecio y el prejuicio de su pueblo. Nos vio tirados, heridos y resolvió curarnos, vendar nuestras heridas y levantarnos en brazos. Cargó con nosotros y pagó todos los gastos.
Tal vez durante el transcurso del año que acaba de finalizar estuviste caído varias veces, a lo mejor lo estás en este momento. La palabra caído no tiene únicamente una connotación de pecado. Muchas veces solo significa que te caíste, que quedaste tendido en el piso. Simplemente sucede y a lo mejor lo mantenés en riguroso secreto. Pasa más a menudo de lo que creemos…
Lo que es un poco más difícil en nuestra sociedad actual es encontrar a alguien que no siga de largo, que te levante sin hacer preguntas ni especulaciones y te ayude.
La buena noticia es que a Papá le importa. El salmo 55 dice que no te va a dejar caído para siempre.
Aunque la vida te golpee y te deje herido y en el piso, Él va a correr en tu auxilio, curar tus magulladuras y llevarte a un lugar seguro.
El Nuevo Testamento confirma esta verdad a través de la vida y ministerio de Jesús, Aquel que siempre se compadece y actúa en tu favor. Si estás caído, Cristo siempre está cercano, próximo y dispuesto a llevarte en brazos, vendar tus heridas y estar a tu lado hasta que sanes y puedas levantar a otros.
Mónica Lemos
