Calma

Finalmente, hermanos, piensen en todo lo que es verdadero, en todo lo que merece respeto, en todo lo que es justo y bueno; piensen en todo lo que se reconoce como una virtud, y en todo lo que es agradable y merece ser alabado.

Filipenses 4: 8 TLA

Conservar la calma al lado de un arroyito cuando te vas de vacaciones, mientras tenés los sueños más sublimes, y estás en una hermosa casa es fácil, pero después llegás otra vez a tu rutina y esa calma ideal desaparece… 

Es que vivimos rodeados de ruido y bullicio, es muy difícil escuchar el silencio. En realidad, creo que no sabemos estar en silencio. Hay ruido en la calle, ruido en las redes, ruido en las noticias, ruido en la mente y muchas veces, también ruido en el corazón. Pero Dios no compite con el ruido. Filipenses 4:8 es una invitación a una transformación profunda de la mente, y la mente transformada es el camino hacia una vida en calma. 

Este tipo de vida, sin momentos de ira o frustración, resulta fácil en ciertas circunstancias y ciertos lugares, pero en la agitación de la ciudad, con los problemas de la gente y las dificultades de nuestra propia familia, las probabilidades de mantener la serenidad son pocas. 

Cuando Pablo escribe esta carta, no está en un lugar tranquilo. Está preso. No escribe desde una terraza frente al mar ni desde una vida sin conflictos, escribe desde una celda. Y, sin embargo, habla de gozo, paz y pensamiento ordenado.

Esto nos revela algo esencial: la calma no depende del entorno, depende del enfoque interior. La calma no comienza en las circunstancias; comienza en la mente, en nuestra capacidad de saber procesar los días, los momentos y la realidad más dificil. La calma es sinónimo de seguridad, de certeza, de fe.   

Pero antes del versículo 8, el versículo 6 de Filipenses 4 dice:

“Por nada estén afanosos, sino sean conocidas sus peticiones delante de Dios…”. Muchos buscan la paz apuntando a cambiar las circunstancias, sin embargo, Pablo enseña que la verdadera estabilidad nace cuando aprendemos a gobernar nuestros pensamientos.

En el versículo 7 promete: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús.”

Recién entonces, en el versículo 8, Pablo nos muestra cómo mantener esa paz: disciplinando, ajustando y permitiendo que el Espíritu Santo habite y gobierne en nuestra mente. 

Y tiene sentido, puesto que muchas veces ni siquiera son las circunstancias las que no roban la calma, sino que es nuestra mente: La ansiedad a menudo no nace de lo que pasa, sino de lo que imaginamos que puede pasar. Por eso la calma no es ausencia de problemas, es orden interior. 

Te invito a que por un momento intentes buscar un espacio de silencio para escuchar tus propios pensamientos y distinguir cuáles de ellos son recurrentes para pedirle a Papá que ya no dominen tu vida.

 

Ruth O. Herrera