Cambios y estabilidad

Todo lo que es bueno y perfecto es un regalo que desciende a nosotros de parte de Dios nuestro Padre, quien creó todas las luces de los cielos. Él nunca cambia ni varía como una sombra en movimiento.

Santiago 1: 17 NTV

(Énfasis del autor)

 

Aunque en la creación hay mudanza y hay variación, Dios y lo que piensa permanecen para siempre. ¡Es maravilloso! Dios no ha cambiado de opinión. Por eso, cuando llegue  el momento de bajón de tu vida, en el momento en que has fallado, en el momento que has caído, en el momento que te sientes indigno de que Dios esté en tu vida, tienes que saber que en Él no hay cambio ni variación.

Todo cambia constantemente, hasta tu cuerpo. Entonces, necesitamos saber que Dios no cambia. Él no cambia. Si te dio una palabra, Él no cambia. Su amor es para siempre. Si te ama, Él no cambia.  El amor de Dios sobre tu vida y Sus planes no tienen fecha de vencimiento.

Nosotros podemos retrasarlos, podemos estar distraídos, pero lo que Dios se ha propuesto con vos y conmigo, eso permanece para siempre.

Pastor Hugo Herrera

 

Una canción popular,  en dos de sus estrofas dice:

 

Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

(Todo cambia de Julio Numhauser)

 

Es verdad, en la vida todo cambia y eso generalmente es bueno, pero también es necesario que haya fundamentos estables sobre los cuales podamos afirmarnos porque hay cambios y propuestas que no nos edifican.

 

En estos tiempos en que los cambios son tan vertiginosos que no nos permiten adaptarnos a uno cuando ya llega otro necesitamos afirmarnos en la Roca inconmovible que es Cristo. En el vaivén de las circunstancias, las personas cambian de idea con mucha facilidad. Un día toman una decisión y a las pocas semanas opinan todo lo contrario. El pensamiento propio se reemplaza fácilmente por  el pensamiento que está de moda.

El fin de semana pasado un Pastor les preguntaba a sus oyentes si los cristianos éramos inclusivos. Se produjo un silencio interesante. Tardaron un tiempo en arriesgar una respuesta, tal vez por la asociación que se hace, casi automáticamente,  al escuchar ese término.

¿Qué significa ser inclusivo? ¿Es estar de acuerdo con la idea que se instaló en la sociedad? En nombre de la inclusión se imponen agendas que, paradójicamente, promueven injusticias, se suman polémicas estériles, propuestas sociales o políticas que irrumpen con mucha fuerza para adoctrinarte acerca de aquello que debés pensar. Lo gracioso o irónico es que se nos dice, en forma peyorativa, que los cristianos somos los que adoctrinamos a otros y les “lavamos el cerebro”.

 

Jesús fue realmente inclusivo. No discriminó ni rechazó a nadie. Sin embargo su identidad y su propuesta fueron y siguen siendo exclusivas:

 

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

San Juan 14:6 RVR60

 

Es decir, el evangelio es para todos, pero no todos los caminos dan lo mismo. No se llega al Padre de cualquier forma. La verdad no es negociable porque no es un concepto sino una persona y la Vida solo se encuentra en Él.

 

¿Cómo se logra la capacidad para hacer frente a los cambios sin convertirnos en personas fluctuantes? ¿A qué le decimos que sí y a qué deberíamos negarnos? Sin duda, hay cambios internos que podemos hacer. Es necesario desafiarnos a tener cierta flexibilidad ante los avances que propone nuestra cultura y aun utilizarlos para compartir el mensaje de manera que todos puedan entender. Las formas pueden y necesitan cambiar, la fuente no. 

Nuestro fundamento inconmovible es una persona, no una idea ni una filosofía de vida. Es alguien a quien pertenecemos y reconocemos como autoridad final. Por eso el autor de la carta a los Hebreos nos desafía  Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.

Hebreos 10:23 RVR60

 

Mónica Lemos