Cuando Jesús pasó, miró a Zaqueo y lo llamó por su nombre: « ¡Zaqueo!—le dijo—. ¡Baja enseguida! Debo hospedarme hoy en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y, lleno de entusiasmo y alegría, llevó a Jesús a su casa; pero la gente estaba disgustada, y murmuraba: «Fue a hospedarse en la casa de un pecador de mala fama».
Mientras tanto, Zaqueo se puso de pie delante del Señor y dijo: —Señor, daré la mitad de mi riqueza a los pobres y, si estafé a alguien con sus impuestos, le devolveré cuatro veces más. Jesús respondió: —La salvación ha venido hoy a esta casa, porque este hombre ha demostrado ser un verdadero hijo de Abraham. Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos.
Lucas 19:5-10 NTV
Encontramos al Señor caminando por Jericó, sin un motivo definido, y por otro lado a un cobrador de impuestos. Se repite, como en la historia del llamamiento de Mateo, su encuentro con alguien no aceptado por la gente. La diferencia entre estos cobradores era que esta ciudad era la más rica de Palestina por ser uno de los centros impositivos más importantes y Zaqueo había alcanzado un alto rango en esa tarea, lo que lo hacía más importante y menos aceptado.
Seguramente sabía quién era Jesús y tenía mucho interés en conocer a ese maestro de fama tan especial y que tenía algo que él estaba buscando ardientemente, alguien cercano a los de su oficio. No solo su estatura era impedimento para llegar a Jesús, seguramente el meterse entre la multitud sería peligroso para este maltratado sujeto.
Ponerse en los zapatos de Zaqueo no es nada agradable. Aunque era poseedor de una buena fortuna y no le faltaban comodidades, no sería alguien feliz.
En todas las épocas hubo y hay personas, que se ganan el descrédito merecidamente, por su estilo de vida y actitudes que provocan en la mayoría las personas un sentimiento de rechazo, o en el mejor de los casos una cruel indiferencia, pero para Jesús sentarse a la mesa de una familia, un amigo, o un desconocido, siempre tenía como propósito dejar claro su deseo de establecer una relación de amor y provocar salvación. Y cuando vio a Zaqueo de inmediato supo que, para restaurar a semejante hombre, una simple charla no sería suficiente, un encuentro en el camino, no era su idea de restauración; así que se dio por convidado a su casa. No espero una invitación, sencillamente le dijo: “no hagas más el ridículo, baja de ese arbusto y vamos a comer juntos, que lo que necesitas es mucho más que solo verme de lejos”.
La inmediata actitud de Jesús hizo de Zaqueo “una nueva criatura”. Este hombre reconoció y confesó públicamente su pecado…” soy un estafador”, pero por la aceptación que me demostró Jesús, me arrepiento y cambio totalmente mi actitud.
El perdón había llegado antes del arrepentimiento, y después algo que Zaqueo no hubiera esperado, la declaración de ser reconocimiento como hijo de Abraham de manera pública. Esta afirmación tenía un hondo sentido de pertenencia, ya que para los judíos ser descendientes de Abraham era más que un título… era tener identidad. Jesús no solo lo vio, sino que lo trato como a un amigo.
Es maravilloso el trato que nuestro Amado nos da a cada uno de nosotros, sin importar nuestro pasado, nuestros errores o debilidades. Jesús vino para ser nuestro amigo y nos pide que hagamos lo mismo… ¿Cuántas personas cercanas, a las que no les resulta fácil vivir se sienten reconocidas y aceptadas por vos?
Hoy es el día para reconocerlas y bendecirlas… ser provocadores de buenas obras
Ruth O. Herrera
