«Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.»
Mateo 20:10-12 RV1960
El centro del conflicto en la parábola de la viña no es que a los primeros trabajadores se les haya negado lo prometido, sino en que a los demás se les dio el mismo pago.
La alegría de recibir un denario por un día de trabajo se evaporó en el instante en que desviaron la mirada hacia el pago de los otros.
Este pasaje describe de forma magistral una de las tendencias más destructivas del ser humano: la comparación. Creo que muchas veces nos vemos a través del otro, de lo que logra y lo que ostenta. La sociedad se maneja en términos de riqueza, posición social, trabajo, belleza…etc. Y el problema de la comparación es que engendra orgullo o envidia. El decir: ¡qué suerte tuvo! Muchas veces tiene un tono despectivo.
Los trabajadores de la primera hora perdieron de vista sus beneficios. Ellos consideraron que su esfuerzo los hacía merecedores de mayor recompensa. Esa reacción los expuso a los riesgos de sentirse menos… o superiores. La comparación les robó el gozo, estar disconformes convirtió su pago en una ofensa. Se olvidaron que al inicio del día estaban desempleados y perdieron el beneficio de la gratitud.
Sinceramente puedo decir que no hace mucho me pasó algo similar. Ir a una cena especial me puso en la disyuntiva de la comparación inevitable… “Tengo que estar a la altura”. Sin ánimo de crítica examiné cuidadosamente la posible apariencia de otros para “sentirme de igual a igual”. Finalmente fui más feliz con mi realidad que con ser, tener o forzar parecerme al resto.
Es en situaciones cotidianas en que tenemos que recordar más la pregunta que el dueño de la viña les hizo a los desconformes jornaleros: «¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?». «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo que es mío? ¿O es tu ojo malo porque yo soy bueno?»
En la cultura bíblica, tener un «ojo malo» (o envidioso) es una expresión que se utiliza como metáfora de la envidia, el resentimiento y el egoísmo. La envidia no solo nos amarga hacia los demás, sino que, en última instancia, es cuestionar a Dios; es decirle que se equivoca al bendecirnos como lo hace.
Todo lo que recibimos es por Gracia, regalos que no ganamos, “amor que no podemos medir”. Nuestra mirada siempre debe ser vertical antes que horizontal.
Cuando comprendemos realmente lo inmerecido de todo lo que tenemos, la envidia se desvanece y la gratitud florece. Alegrarse por el éxito ajeno es lo que Jesús hizo al recibir a los setenta y dos discípulos que había enviado a misionar…
En ese momento, Jesús, lleno de alegría del Espíritu Santo, dijo: «Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has escondido estas cosas de los sabios y entendidos, y se las has revelado a estos que son como niños. Sí Padre, porque así te agradó.
Lucas 10:21 PDT
Hoy te propongo orar así: Señor, ayudame a ejercitar la gratitud todo el tiempo y por todo. Confieso que a menudo caigo en la trampa de la comparación cuando permito que la envidia me robe el gozo y la gratitud por lo que me das. Quiero y necesito alegrarme sinceramente por los logros y beneficios de otros.
Ruth O. Herrera
