Compasión

Cuando Jesús salió de la barca, vio a la gran multitud y tuvo compasión de ellos porque eran como ovejas sin pastor. Entonces comenzó a enseñarles muchas cosas. Al atardecer, los discípulos se le acercaron y le dijeron: —Este es un lugar alejado y ya se está haciendo tarde.  Despide a las multitudes para que puedan ir a las granjas y aldeas cercanas a comprar algo de comer. Jesús les dijo: —Denles ustedes de comer.

Marcos 6: 34-37a (NTV)
(Énfasis del autor)

El texto comienza diciendo que Jesús vio a la gran multitud y tuvo compasión de ellos porque eran como ovejas sin pastor. Entonces comenzó a enseñarles. Las multitudes lo seguían a todas partes y lo escuchaban hasta que se hacía de noche. Por eso los discípulos le dijeron al Señor que los despidiera para que fueran a comprar comida. Nunca imaginaron su respuesta: Jesús les dijo:—Denles ustedes de comer.

Generalmente, los que conocemos la historia, sabemos que el Señor con mínimos recursos alimentó a todos los presentes y hasta sobró comida.

Ahora bien, el motivo que desencadenó la intervención divina aparece al principio del texto: ¡Jesús tenía compasión! Nadie como él para percibir la vulnerabilidad, el dolor, el desamparo y la carencia espiritual y física. Por eso enseñaba, consolaba, sanaba, liberaba, y alimentaba el alma, el espíritu y el cuerpo de los que iban a Él.

Todos necesitamos dirección y la buscamos, de una u otra manera, a veces en lugares equivocados. Los tiempos que estamos viviendo muestran claramente el sinsentido y la desorientación que sufre la gente.

Lo maravilloso es que Jesús es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Su compasión nunca disminuye porque brota del amor que impregna su ser. Cada uno de sus actos fue y es movido por esa compasión.

A nosotros puede deslumbrarnos el poder de hacer milagros. Sin embargo, el efecto que produce la compasión provocada por el amor verdadero no se compara con nada. Y genera distintos tipos de milagros: los que podríamos llamar “interiores” como sanidades y liberaciones; y los “externos” que multiplican recursos materiales (como panes y peces), calman tormentas o suspenden por un rato la ley de gravedad para que un temeroso aprendiz se le acerque caminando sobre el agua.

Siempre, absolutamente siempre, los milagros de Cristo fueron fruto de su profunda compasión por el ser humano.

Que ese sea también nuestro deseo, que el Espíritu nos mueva a compasión para que podamos hacer esas obras mayores de las que el Señor habló.

 


Mónica Lemos