Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
S. Mateo 22:37 (RVR60)
(Énfasis del autor)
¿Cómo hacemos para amar a nuestro Dios con toda nuestra mente? Este tipo de amor nace y se desarrolla a medida que conocemos y creemos que Sus pensamientos hacia nosotros son siempre de amor, entonces decidimos responder a ellos de la misma manera.
Es fácil de entender pero difícil de poner en práctica de forma consciente y habitual.
Es que hay muchas cosas que pueden preocuparnos, distraernos o tentarnos. Podemos intentar dirigir nuestros pensamientos hacia Dios y, en un instante, nuestra mente se inunda con ideas que nos distraen, por lo tanto nos desanimamos.
Entonces ¿Qué podemos hacer para que haya cambios en nuestra manera de pensar?
Para amar a Dios con toda nuestra mente debemos poner deliberadamente allí Sus palabras. Si nuestra cabeza está llena de nuestros propios pensamientos o de formas de pensar que la cultura del momento nos impone y dejamos que fluyan desordenadamente, es muy probable que vayamos deslizándonos sin querer hacia la ansiedad, la frustración o el egoísmo.
Solo la verdad de la Escritura cuando penetra profundamente en nuestro espíritu tiene el poder de cambiar nuestra forma de pensar. Nuestro Papá lo sabe, por eso inspiró a Pablo la recomendación que escribe en la carta a los Filipenses:
Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio.
Filipenses 4:8 (NVI)
Tenemos la capacidad de hacernos responsables de lo que pensamos. Esto es fundamental porque nuestros pensamientos dirigen las decisiones que tomamos y éstas pueden cambiar el curso de nuestra vida. Desmenucemos el texto para extraer sus aplicaciones prácticas:
Todo lo verdadero: Meditemos en la verdad de Dios. La palabra griega que aquí se traduce como «lo verdadero» se refiere a las cosas que no te defraudarán, cosas con las cuales podés contar. Cuando nos concentramos en ellas, nuestro nivel de ansiedad se reduce. El amor de Dios nunca nos defraudará. Su verdad, revelada en la Biblia es digna de confianza.
Todo lo respetable: Valoremos el obrar de Dios. La idea detrás de la palabra respetable es la de una persona que está consciente de que Dios está constantemente obrando a su alrededor. Si decidimos estar conscientes de Su obrar en el mundo nuestra mirada estará enfocada en la dirección correcta.
Todo lo justo: Colaboremos con el plan de Dios. Lo «justo» tiene que ver con lo que Dios quiere hacer, Su perfecta voluntad. Antes de que podamos hacer las cosas correctas, debemos pensar lo correcto.
Todo lo puro: Apropiémonos de la pureza que Dios nos ofrece. Cuando oramos: “Dios limpianos de todo pecado, de todo mal pensamiento”, no podemos borrar lo que hemos pensado, pero sí podemos reenfocar nuestros pensamientos y concentrarlos en lo puro. Concentremos nuestra mente en el perdón que Jesús compró para nosotros a través de su sacrificio perfecto en la cruz.
Todo lo amable: Esperemos con expectativa el favor de Dios. Amable implica algo «agradable». A todos nos encanta disfrutar de las cosas. Pensar en lo que es amable es permitir y esperar que el favor de Dios venga sobre nosotros. Disfrutar profundamente de Su presencia y Su bondad.
A menudo no nos damos cuenta de esta verdad. Cuando compartimos momentos con nuestra familia, vamos de vacaciones, estamos trabajando; al mirar el cielo estrellado o las nubes flotando por el aire hagamos memoria de la creatividad de nuestro Papá y disfrutemos de la belleza de las cosas simples, que a menudo perdemos de vista.
Todo lo digno de admiración: Veamos a otros como Dios los ve y destaquemos lo bueno en ellos. La expresión que se emplea aquí da la idea de algo que uno admira en otros y de lo que vale la pena hablar. Para amar a Dios con todos nuestros pensamientos, debemos amar de la misma manera a las personas que Él hizo. Es muy fácil detectar las fallas en los demás. Amar a Dios con toda la mente incluye buscar lo mejor en quienes nos rodean y decírselo: «Veo algo del carácter de Dios en ti».
Todo lo que sea excelente: Permitamos que la grandeza de Dios nos motive. Dejemos que nuestros días sean impulsados por el pensamiento de la grandeza de Dios. Hay muchas motivaciones que son de corta duración: el egoísmo, la codicia, la culpabilidad, el temor, la ansiedad o el orgullo. Busquemos enfocarnos en los motivos correctos. Mostremos a otros la obra de Dios y manifestemos su grandeza, porque eso es lo que durará para siempre.
Todo lo que merezca elogio: Celebremos y elogiemos la bondad de Dios. Celebremos lo que Dios continuamente está haciendo y alabémoslo por eso. Si observamos con atención nos daremos cuenta que la obra de Dios nos rodea por todas partes.
Solo cuando llevamos deliberadamente una y otra vez nuestros pensamientos hacia Dios es cuando podemos encontrar paz, a pesar de todo. Por eso Isaías dice:
¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti, a todos los que concentran en ti sus pensamientos!
Isaías 26: 3 (NTV)
Necesitamos la paz que viene del cielo, los que nos rodean también la necesitan y para poder ayudar a los que sufren a encontrar la paz, Dios debe ponerla en nuestro corazón. No podemos dar lo que no tenemos.
Mónica Lemos
