Continuidad

 Así se presentó Juan, bautizando en el desierto y predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados. Toda la gente de la región de Judea y de la ciudad de Jerusalén acudía a él. Cuando confesaban sus pecados, él los bautizaba en el río Jordán.

Marcos 1: 4-5 NVI

El mundo actual nos enseña que el liderazgo depende de la visibilidad, los seguidores en redes sociales, los títulos o la posición en una estructura. Dios, en cambio, mide tu capacidad por la profundidad de tu comunión con Él en lo secreto.

Juan pasó años formándose en el desierto antes de pronunciar su primer sermón. Su voz tenía peso porque venía cargada del silencio de la oración y la búsqueda de Dios.

Jesús y Juan el Bautista compartían lazos de sangre. Según el Evangelio de Lucas, sus madres, María y Elisabeth, eran parientas, tradicionalmente consideradas primas. Esta conexión familiar no fue una coincidencia biológica, sino un diseño profético. Cuando María, embarazada de Jesús, visitó a Elizabeth, el bebé Juan saltó de alegría en el vientre de su madre al reconocer la presencia del Mesías. Por esta cercanía familiar seguramente ambos crecieron conociendo el llamado del otro, porque fueron entrelazados desde antes de nacer.

La cercanía más significativa entre ambos se consolidó visiblemente en el río Jordán, cuando, frente a una multitud, Juan bautizo a Jesús iniciando así su ministerio público.

Jesús no comenzó su ministerio de forma aislada, sino que buscó activamente a Juan para ser bautizado por él (Marcos 1:9). Este acto no fue por necesidad de arrepentimiento, sino para «cumplir toda justicia» y validar públicamente el ministerio de Juan.

A su vez, Juan reconoció a Jesús como el Mesías frente a sus propios seguidores.

Viendo las secuencias posteriores podríamos decir que este bautismo oficializó el relevo de la predicación de arrepentimiento y nueva vida. 

En el aspecto teológico, sus ministerios compartían exactamente la misma urgencia. Juan comenzó predicando en el desierto: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» Mateo 3:2. 

Cuando Juan fue encarcelado, Jesús fue a Galilea predicando y tomó exactamente la misma bandera. Tanto Juan como Jesús compartieron un profundo rechazo hacia la hipocresía del liderazgo religioso de su época. Los fariseos, saduceos y escribas eran sus opositores y enemigos. Ninguno de los dos buscó la aprobación del Templo ni de las élites políticas. Juan los llamó públicamente «generación de víboras» (Mateo 3:7),

y Jesús usó calificativos similares al denunciar su falta de frutos espirituales genuinos (Mateo 23). Los dos pagaron un precio muy alto por esta confrontación directa enfrentando la muerte.

Vos y yo… ¿qué tan parecidos somos a Jesús? ¿Qué arriesgamos por hablar de Él? Si Dios me llamara a servirle en un «desierto» (un lugar anónimo, sin aplausos), ¿lo haríamos con la misma pasión que en la iglesia?

Juan sigue confrontándonos con las expectativas que Dios tiene y las decisiones que estamos tomando… o las que no nos comprometemos a tomar. Las que suelen ser muchísimo más sencillas…

 

Ruth O. Herrera