Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.
Romanos 7:19,20; 22 y 23 (RVR60)
Este es un tiempo donde las emociones se han disparado de distintas maneras y a veces no es fácil controlarlas. De hecho a menudo experimentamos nuestras propias dualidades.
Yo le agradezco al Señor que Pablo pudo escribir un texto así. El apóstol no escribió de manera científica, expresó su experiencia ¿cómo puede ser que la ley de mi mente sea tan diferente a la ley de mi cuerpo, a la ley de mis emociones, a esas cosas que aparecen e instintivamente tiendo a hacer?
Por un lado voy a la iglesia y digo: “Señor me he arrepentido veintiocho veces”, pero por el otro lado tiendo a repetir lo que no he resuelto.
Quién sabe, esta sea también una oportunidad para resolver lo que tengamos pendiente y no decir más: “esto puede conmigo”. Empezar a cambiar esa creencia y llenar nuestra vida de fe, activar la fe que Él sembró en el corazón y decir “sí voy a poder”.
Pastor Hugo Herrera
Es muy alentador que la Biblia nos muestre a personas reales, con sus aciertos y errores. Si no hubiéramos leído nunca Las Escrituras difícilmente podríamos creer que el texto lo escribió el apóstol Pablo, el mismo que redactó la mayoría del material que compone el Nuevo Testamento, aquel que llevó el mensaje del evangelio de Cristo a todo el mundo conocido de ese entonces.
Es que la relación de intimidad que desarrolló con el Señor le permitió aprender a conocer sus propias miserias y admitir su naturaleza caída, su tendencia al pecado.
En nuestras rutinas diarias vivimos el evangelio como una tradición y perdemos conciencia de que una y otra vez tenemos que volver a vernos a través de los ojos de Jesús para poder reconocer que podemos caer y equivocarnos más de lo que pensamos. Estamos en el proceso de santidad de manera permanente, y esto es lo que el apóstol Pablo fue capaz de confesarle a la iglesia de Roma. Y paradójicamente ese reconocimiento no lo hizo más débil… sí más sabio
La esencia del evangelio es que todos necesitamos salvación. Para eso vino Cristo. Jesús mismo afirmó:
Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.
San Marcos 2:17 (RVR60)
No es que todos los días erramos groseramente, pero sin el auxilio del Espíritu Santo podemos deslizarnos casi sin darnos cuenta en actitudes, costumbres, decisiones que nos lleven a perder nuestra intimidad y caer lejos de los pies del Maestro.
Nuestro mayor engaño es creer que podemos ser buenos por nosotros mismos. Cuando creemos eso es cuando estamos indefensos y decimos “esto puede conmigo” casi con desconcierto, con asombro, cuando en realidad es normal. Si pudiéramos solos Dios no hubiera enviado a Jesús. Esta no es una verdad que se debe apropiar solamente el que comienza a dar los primeros pasos en la fe, es para todos nosotros y para toda la vida.
Solo el Señor nos hace nuevas personas, únicamente Él puede sembrar en vos y en mí la fe que habilita el cambio genuino. Como lo hizo con sus discípulos que una y otra vez caían en sus propias debilidades, y así lo describió en la parábola del buen pastor, que fue a buscar a una oveja de su propio rebaño que descuidadamente se había perdido.
Él es el buen pastor… Jesús sigue tomando la iniciativa, cada día se acerca, trabaja en vos y con vos porque quiere seguir formando una nueva persona. Ese es su enfoque y es inamovible.
Hay esperanza. Podés resolver lo que aún tenés pendiente y llevás a cuestas.
