Allí estaba el pozo de Jacob, donde Jesús se sentó porque estaba cansado de caminar. Era casi el mediodía. Los seguidores se habían ido al pueblo a comprar comida. Mientras tanto, una mujer samaritana vino a sacar agua y Jesús le dijo: —Dame un poco de agua.
La samaritana le dijo: —¿Por qué me pides agua si tú eres judío y yo soy samaritana? Le dijo eso porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le respondió: —No sabes lo que Dios da gratuitamente ni sabes quién soy yo. Te estoy pidiendo un poco de agua y si tú supieras quién soy, me estarías pidiendo a mí. Yo te puedo dar agua viva.
Juan 4: 6-10 PDT
Jesús rompe con la tradición de los judíos al iniciar una conversación con una samaritana, ya que los hebreos se consideraban superiores. Él provoca el encuentro con la mujer mostrando primero su necesidad de agua y le dice: «dame de beber».
Era lógico que la reacción de ella no fuera muy amigable. Era una mujer que estaba sola fuera de la ciudad, y encima un judío atrevidamente quería entablar una conversación sin sentido.
Ella sí sabía bien cómo relacionarse con los hombres, pero en esta oportunidad llena de desconfianza se vio tentada a responder: “Ni me hables…”
Jesús contestó: —Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna. —Por favor, señor—le dijo la mujer—, ¡deme de esa agua! Así nunca más volveré a tener sed y no tendré que venir aquí a sacar agua.
Juan 4: 13-15 NTV
El propósito real de Jesús era darle una nueva vida, mostrarle su amor. El propósito de un Dios que no vino a juzgar sino a restaurar y perdonar.
Es posible que verdaderamente el Maestro tuviera sed, pero, en realidad, usó el único tema posible entre ambos para entablar un diálogo que estimulara en ella el reconocer su propia necesidad.
“Si supieras quién te pide agua” “Si te dieras solo una oportunidad más para creer en un hombre”
Solo tenía que creer en ese extraño… y lo hizo.
“Un alpinista que se había preparado durante años, en el último tramo de su recorrido no resistió su deseo de conquistar solo la cima del Aconcagua. Quería la gloria para él solo, por lo tanto subió sin compañeros. En su ansiedad y apuro no se preparó correctamente para acampar, entonces decidió seguir subiendo resuelto a llegar a la cima, pero lo sorprendió la noche. La oscuridad cayó con gran pesadez en la altura de la montaña y ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, no se veía la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.
Subiendo por un acantilado, a solo 100 metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires… caía a una velocidad vertiginosa, solo podía ver manchas en la misma oscuridad y tenía la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo y pensaba que iba a morir.
Sin embargo, de repente sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos. Como todo alpinista experimentado había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura y eso detuvo su estrepitosa caída. En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar:
—Ayúdame Dios mío… De repente, una voz grave y profunda desde los cielos le contestó:
—¿qué quieres que haga?
—Sálvame Señor.
Y volvió a escuchar
—¿Realmente crees que te puedo salvar?
— Por supuesto Señor’ exclamó temblando.
— Entonces solo tienes que cortar la cuerda que te sostiene.
…Hubo un momento de silencio y quietud y entonces el hombre se aferró más fuerte a la cuerda.
Al otro día el equipo de rescate encontró al alpinista colgado y muerto por congelamiento agarrado con todas sus fuerzas a la cuerda… a solo dos metros del suelo”.
Ilustración popular
Cristo no menosprecia ni excluye a nadie sino aprovecha cada encuentro para darse a conocer. Jesús agota todos los recursos para captar tu corazón y te ofrece del agua de la vida con la cual no tendrás sed jamás… pero tenés que creer lo que te dice, reconocer que es Dios y quiere darte una y otra oportunidad.
Papá no te juzga ni descalifica. El Maestro te está esperando hoy en tu propio pozo… en tu cima, ahí donde estés, en la oficina, escuela, auto, cocina, en tu lugar más cotidiano para tener un encuentro especial con vos. Tenés que creer que Sus Palabras son de Vida.
Ruth O. Herrera
