Creer y actuar

Hermanos míos, ¿de qué puede servir que alguien diga que tiene fe si no hace el bien? ¿Lo podrá salvar esa clase de fe? Supongamos que un hermano o hermana tiene necesidad de vestido o comida. Llega uno de ustedes y le dice: «¡Que Dios lo bendiga, abríguese y aliméntese!» Sin embargo, si no le da lo que realmente necesita en ese momento, ¿de qué sirve? De la misma manera, si la fe no está acompañada de hechos, así sola está muerta.

 Santiago 2. 14-17 PDT

(Énfasis del autor)

 

La falta de coherencia entre las palabras y las acciones posteriores es una realidad muy común. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta.

Generalmente tenemos un discurso aprendido acerca del deber ser, pero estamos rodeados del “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”.

 

Desde el comienzo de la humanidad sabemos qué está bien y qué está mal, pero nuestra vida no siempre es consistente con esa verdad. Estas contradicciones entre lo que las personas dicen y lo que realmente hacen se observan una y otra vez en distintas historias de la Biblia.

Para muestra te recuerdo la historia de David con Betsabé ¿David sabía lo que era correcto? Sí. De hecho cuando el profeta le cuenta la historia del hombre que tenía una sola ovejita y le pregunta qué habría que hacer con el que se la quitó, el rey reacciona con furia y rápidamente expresa cuál era el castigo que merecía el transgresor. El problema fue que a continuación tuvo que escuchar: “Tú eres ese hombre”…

Es así. A menudo estamos ciegos a la realidad de nuestras propias inconsistencias y necesitamos que Dios nos abra los ojos.

 

Si bien la situación es completamente distinta al ejemplo que acabo de mencionar, la carta de Santiago pinta un cuadro de situación dentro de una congregación local y luego desafía a los creyentes a la reflexión y a cambiar de actitud. Lo hace a través de preguntas y ejemplos concretos.

 

Básicamente habla de una fe viva, que se manifiesta en descubrir la necesidad real de nuestro hermano y satisfacerla y la contrasta con una fe muerta, que solo se limita a decirle palabras que suenan espirituales, pero que no se compromete en la acción.

 

Si bien los cristianos no somos salvos por nuestras obras sino por el sacrificio de Cristo en la cruz, las obras son la consecuencia lógica de una fe que está viva.

Estas obras por supuesto pueden ser, en algunos casos, una palabra de aliento o incluso un “estaré orando por vos”. Obviamente que todos necesitamos orar unos por otros. Eso no está en discusión. A lo que se refiere Santiago es a que no esquivemos las oportunidades de ayudar a quien lo necesita ni las disfracemos con frases espirituales. El apóstol menciona un caso muy concreto en el que las palabras no sirven.

 

«¡Que Dios lo bendiga, abríguese y aliméntese!» Sin embargo, si no le da lo que realmente necesita en ese momento, ¿de qué sirve?

 

Vos podés pensar ¿Cómo? ¿Qué mejor deseo puedo tener para alguien que decirle “Que Dios te bendiga”? y es verdad, pero solo una parte de la verdad.

Esta verdad se completa cuando el hijo de Dios decide plasmar esa bendición convirtiéndose en las manos del Padre que suplen una necesidad visible y concreta.

 

Hemos escuchado muchas veces que somos las manos y los pies de Cristo. Este es el tiempo oportuno para que podamos hacerlo realidad en cada congregación local, en nuestro barrio, con nuestra familia y hasta con aquellos más desprovistos que encontramos en las esquinas, bares… en las calles.

 

Cada día se nos presentan oportunidades que muestra quienes somos… si no le damos lo que realmente necesita en ese momento, ¿de qué sirve?

 

 ¡Que todos podamos expresar una fe que está viva!

 

Mónica Lemos