¿Cuántas veces es suficiente?

“Acompañando el estudio de las parábolas en las Redes de nuestra iglesia, desarrollemos juntos diferentes temas basados en dichas parábolas también desde nuestros devocionales”. 

Pedro se acercó a Jesús y preguntó: —Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete —contestó Jesús—.

Mateo 18: 21y 22 (NVI) 

Recordá que esta pregunta se da a continuación de la situación que el Señor planteó unos versículos antes. Según la regla rabínica de la época había que perdonar un máximo de tres veces. Pedro, tal vez para impresionar al Maestro, llevó ese número a siete. Más del doble. Era un gran sacrificio para un pescador que, llevado por sus impulsos, se enojaba con facilidad. 

Hagamos un viaje imaginario en el tiempo… El primer crimen que se menciona en la Biblia nace de la ira de un hombre contra su hermano. Caín se enfureció porque al Señor le agradó más la ofrenda de Abel que la suya. La ira y el rencor de su corazón hicieron que planeara el asesinato de Abel y lo llevara a cabo. El Señor lo confrontó con su pecado y Caín no se arrepintió. Aun así, obtuvo misericordia: Se le puso una marca para que no lo asesinaran. Si eso sucedía, quien lo hiciera sería castigado siete veces.

La violencia de Caín se transmitió a sus generaciones. Tanto es así que Lamec, uno de sus descendientes, expresó una terrible sentencia: 

he dado muerte a un hombre por haberme herido, y a un muchacho por haberme pegado. Si siete veces es vengado Caín, entonces Lamec lo será setenta veces siete.

Génesis 4: 23b y 24 (LBLA)
(Énfasis del autor)

 ¿Es posible que Pedro tuviera en mente la historia de Caín cuando hizo la pregunta? No lo sé. Pedro también era iracundo; el número coincide y Jesús respondió exactamente en la misma línea. La gran diferencia es que, ante la violencia y el deseo de venganza sin límites, el Señor propone el perdón sin límites.

La reacción ante una ofensa o pecado contra nosotros depende, en gran parte, de nuestro temperamento, y es propia de nuestra naturaleza caída: si somos impulsivos, daremos rienda suelta a la furia y nos vengaremos; si somos retraídos, tal vez no devolvamos el golpe, guardaremos rencor hacia el ofensor. Por eso el Señor, cuando de un grupo de esclavos formó una nueva nación, instituyó una serie de leyes de santidad y justicia. Entre ellas menciona las siguientes: 

» No alimentes en tu corazón odios contra tu hermano, sino reprende con franqueza a tu prójimo para que no sufras las consecuencias de su pecado. » No seas vengativo con tu prójimo ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

 Levítico 19: 17 y 18 (NVI)

¿Cuál de estos temperamentos te caracteriza, sos impulsivo o retraído? Tomá un tiempo delante del Señor y pedile al Espíritu Santo que te muestre cómo proceder de acuerdo con la nueva naturaleza que recibiste al creer en Cristo.

Mónica Lemos