Un hombre llamado Lázaro estaba enfermo. Vivía en Betania con sus hermanas María y Marta. María era la misma mujer que tiempo después derramó el perfume costoso sobre los pies del Señor y los secó con su cabello. Su hermano, Lázaro, estaba enfermo. Así que las dos hermanas le enviaron un mensaje a Jesús que decía: «Señor, tu querido amigo está muy enfermo».
Cuando Jesús oyó la noticia, dijo: «La enfermedad de Lázaro no acabará en muerte. Al contrario, sucedió para la gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios reciba gloria como resultado». Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro
Juan 11: 1-5 NTV
Aunque pasaron ya algunos meses de las restricciones severas de la última pandemia todavía sentimos que de alguna manera estamos en pausa, re comenzando, por eso necesitamos después de un tiempo de “espera” atraer grandes obras de parte de Dios en nuestras vidas, familias y en quienes nos rodean. Necesitamos volver a provocarnos al encuentro de la adoración comunitaria, a la tarea conjunta, a poner una vez más completamente “manos a la obra”. Sin duda hemos cambiado: algunos siendo más lentos en los encuentros y otros, buscando una nueva dirección.
Este pasaje nos puede identificar: una historia en la que un ciclo termina para comenzar otro mucho mejor.
La historia comienza en Betania, donde los hermanos Lázaro, María y Marta vivían juntos en una casa y se la brindaban a Jesús, compartiendo comidas, charlas, descanso y también revelaciones eternas. La amistad entre ellos es una de las cosas más inspiradoras de este pasaje.
Por eso los cuatro días de Lázaro en la tumba resultaron eternos. ¿Te suena? La profundidad de la amistad y la magnitud de la confianza que María y Marta tenían en Jesús contrastaba terriblemente con la angustia que sentían y que solo empeoraba con cada hora de espera. Ellas creían en Él y su poder sanador, quizás eso les provocó la mayor desilusión cuando vieron correr la piedra cerrando la tumba, dejando toda esperanza adentro.
Sólo Jesús sabía que su amigo iba a resucitar, el resto solo sufría las horas de enfermedad y muerte: Ellos tres habían sido los amigos que brindaban amor, comprensión, comida, descanso y hermandad; un sitio de paz para Jesús, pero a primera vista no había respondido a la altura de las circunstancias. Cada día en aquella tumba era como una bofetada a la amistad.
Pero el plan era otro y venía del cielo… “Yo no hago nada que no vea hacer al Padre…”, y por eso había que aprender a esperar.
Jesús planeaba un reencuentro más profundo y revelador, no solo la resurrección sino el darle valor a saber esperar un milagro.
“¡Jesús si hubieras estado aquí!” Muchos pensamos y sentimos como ellas en los últimos años. Si hubieras respondido, mi familia estaría plena, todavía tendría trabajo, mis amigos no habrían sufrido, la iglesia no se habría cerrado…
Cuatro horas, cuatro días, cuatro meses, más de 2 años. Solo tenemos que creer en Jesús más allá de las circunstancias y la realidad, seguir ungiendo los pies del Maestro, aunque sea difícil. No por resignación, sino por convicción.
Creer en el amigo, de eso se trata… de amistad, de esa clase de relación que es fiel, que elige una y otra vez. Ser amigos de Jesús fue el mayor beneficio y milagro de los que vivían en Betania.
Y tiempo después, en la otra resurrección, esa amistad se hizo eterna. Por eso creo que María sigue ungiendo los pies de su Señor.
Ruth O. Herrera
