El hombre fue a ver a los jefes judíos, y les dijo que Jesús lo había sanado. Entonces ellos empezaron a perseguir a Jesús por hacer milagros los sábados. Pero Jesús les dijo: «Mi Padre nunca deja de trabajar, ni yo tampoco.»
Juan 5: 15-17 TLA
(Énfasis del autor)
Todos conocemos, de una forma u otra, lo que significa estar en una sala de espera.
¿Te imaginás esperar durante treinta y ocho años? Quizás estás leyendo este devocional y no llegas a los veinte… Creo que hasta los más grandes no podemos imaginar esperar tanto tiempo por un sueño.
Pero este paralítico desconocido tenía una prioridad, caminar
Esta historia no solo nos habla de un milagro físico asombroso, también nos muestra la verdadera prioridad de Jesús, descubrimos que no actuó al azar. Ese día el Maestro tenía un enfoque claro, un propósito definido y una prioridad.
Volvió a Jerusalén y entró por la puerta que daba al estanque…
No había solo un paralítico, muchos enfermos esperaban el milagro. Mas éste hacía décadas esperaba, en el mismo lugar, sentado en la misma posición, viendo las mismas escenas, escuchando los mismos sonidos, exactamente la misma rutina.
El texto dice que Jesús «supo» que llevaba mucho tiempo así. Nadie tuvo que informarle.
Jesús caminó entre la multitud de necesitados, se detuvo frente a este hombre en particular, y lo miró.
Descubrió que el paralítico tenía un solo plan. Una sola prioridad.
Jesús prioriza la conexión personal. Él no te ve como un número más en la iglesia, ni como una estadística más de ansiedad, depresión, enfermedad o pobreza en el mundo. Él te ve, te identifica entre cientos, miles, millones.
Jesús conoce tu historia completa.
La pauta de vida que Jesús tenía era la de trascender más allá de lo natural, y su trabajo era llevar a hombres y mujeres al deseo de la vida eterna de la plenitud. Día a día su ocupación era y es enseñar el verdadero valor de la vida y ayudar a hombres y mujeres a entender que no siempre lo que creemos importante es “lo más importante”. El conoce nuestras prioridades y distingue lo que es más importante y necesario.
Él sabe cuánto tiempo llevas luchando con ese hábito. Él sabe cuántas lágrimas derramaste, cuántas oraciones esperás. Él sabe cuántos años llevas sintiéndote estancado en tu propio «Betesda».
La prioridad de Jesús es encontrarte exactamente donde estás, en medio de tu impotencia, para decirte: «Te veo, te conozco, y me importas».
Para Jesús la prioridad sos vos.
Ruth O. Herrera
