“Acompañando el estudio de las Redes de nuestra iglesia, desarrollemos juntos, también desde nuestros devocionales, esta parábola tremenda y llena de enseñanzas”.
También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
Lucas 15: 11 -13 RVR60
(Énfasis del autor)
En el texto ya es conocido, Jesús cuenta la historia de un padre y sus dos hijos. El menor le pide la herencia que le corresponde y el padre decide darles los bienes a sus dos hijos.
Los dos hijos tenían el mismo padre, la seguridad que provee una familia, un lugar estable y cómodo
El hijo menor no era ni se sentía un siervo, no trabajaba por un salario. Era hijo. Solo debía cuidar la tierra para poder dejarla a las generaciones siguientes. Podía vivir holgadamente de la propiedad que poseía, pero no descuidarla ni venderla.
Ahora bien, ¿qué hace que alguien que tiene en su casa todo lo que necesita decida reclamar su herencia mientras el padre aún vive? Podemos imaginarlo: rebeldía, deseos de independencia, la ilusión de vivir como quiere lejos de todo mandato familiar…
Vez tras vez se repite la historia del Edén. A veces creemos que el Creador pone límites que nos estrechan. Sentimos que nos estamos perdiendo algo que otros disfrutan.
¿Acaso no has experimentado alguna vez el deseo de hacer lo que se te dé la gana sin que nadie te limite? Antes de que reacciones con un enérgico “no”, pensá…
El sistema actual, todo el tiempo te invita a disfrutar el momento, vivir tu vida, comprar, consumir, darte los gustos. Ponerte siempre primero. Y esos mensajes constantes te pueden confundir. El individualismo salvaje es una realidad cotidiana. La rebeldía y el atajo se celebran. Hace un tiempo, observé una larga fila para ver una película sobre un tristemente célebre robo. Al pasar, escuché a un padre decirle a su hijo de aproximadamente diez años: “¡estos tipos sí que la hicieron bien!”. Para muestra…
En esto, no somos tan diferentes al hijo menor de la parábola. Tal vez te escandaliza leer que este muchacho, simbólicamente, dio por muerto a su padre para quedarse con la herencia. Sin embargo, a menudo, podemos llegar a ignorar a Dios para satisfacer nuestros deseos. A veces no nos parece tan errada la expresión: “el fin justifica los medios”.
Hoy el Señor te invita a mirar en tu interior y preguntarte ¿a cuál de los dos hijos me parezco más? Somos hijos de Dios, pero reconocer nuestras inconsistencias ante Él es un paso fundamental para cambiar.
Me decidí a reconocer que había sido rebelde contigo, y tú, mi Dios, me perdonaste.
Salmo 32:4b (TLA)
Mónica Lemos
