Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz.
Filipenses 2: 7b-8 DHH
El Señor de Señores, creador de la tierra, el supremo legislador, se sujetó a la ley que dictaba: “sin sacrificio no habrá perdón de pecado”
Luego tomó en sus manos una copa y, habiendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos, diciendo: —Beban todos ustedes de esta copa, porque esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada en favor de muchos para perdón de sus pecados.
Mateo 26:27b-28 DHH
(Énfasis del autor)
El juez fue sentenciado, y los culpables fuimos liberados. El Rey sin pecado se sujetó como hombre al veredicto que le correspondía a la miseria humana.
“La muerte de Jesucristo hay que entenderla desde el punto de vista judicial, como el castigo que voluntariamente aceptó como pago de la pena que merece el pecado del hombre”
Floreal Ureta
Su dolor no fue únicamente físico, sino que soportó una gran angustia y su espíritu sintió el terrible cimbronazo de sentirse abandonado por el Padre. Fue engendrado milagrosamente y nació sobrenaturalmente, pero vivió y murió en la más absoluta soledad y como un simple mortal. Pero en su resurrección mostró su más completa divinidad, y reparó para sí mismo y para su iglesia, el aparente fracaso en victoria absoluta.
De la nada al todo, de la miseria humana a la riqueza eterna, de lo finito a lo infinito… de muerte a la vida. Comprender en profundidad la humillación de Cristo excede nuestra mente, porque no podemos dimensionar la gloria que le pertenecía desde el principio.
Antes de que todo comenzara ya existía aquel que es la Palabra. La Palabra estaba con Dios,
y la Palabra era Dios. Cuando Dios creó todas las cosas, allí estaba la Palabra. Todo fue creado por la Palabra, y sin la Palabra nada se hizo. De la Palabra nace la vida, y la Palabra, que es la vida, es también nuestra luz. La luz alumbra en la oscuridad, ¡y nada puede destruirla!
Juan 1: 1-5 TLA
Al reflexionar en la humillación de Jesús, se acaban las palabras y se pierde el significado de cada idea, y solo podemos creerla en fe. Porque estamos limitados por nuestras mentes finitas. Entonces, únicamente debemos adorar y agradecerle su tremendo e incomprensible amor.
Te invito a seguir meditando y a pedirle al Espíritu Santo que te revele más y más el misterioso amor y la completa entrega de Jesús, porque ni los teólogos, o estudiosos de todos los tiempos pueden encerrar en palabras la humillación, el sacrificio y la entrega de Jesús por vos y por mí.
Ruth O. Herrera
