Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad.
2° Corintios 3: 17 LBLA
La Biblia nos asegura que donde está su Espíritu Santo hay libertad.
Somos libres cuando buscamos su Presencia, en cada experiencia que vivimos con Él crecemos en la libertad y autoridad que Jesús no dio.
Dios nos hace libres, pero no siempre dependemos a ultranza de Su voluntad, ni dejamos que Él decida todo por nosotros, sin embargo esa misma conciencia y libertad nos habilita para cambiar y también para poder corregir nuestros errores.
El problema comienza cuando haciendo uso de nuestra capacidad de decidir dejamos a Dios de lado y nos movemos en nuestras propias fuerzas o, por el contrario, vivimos solamente una experiencia mística y nunca bajamos a la realidad.
La paradoja es que cuanto más dependemos de Dios más libres somos. En una época donde todos piden libertad para expresarse y exigen vivir según su propia visión de sí mismos y de su entorno, Dios sigue proponiéndonos depender de Su voluntad que trasciende los tiempos, las modas, revoluciones y todo pensamiento humano que solo se centra en sí mismo.
Las bienaventuranzas también parecen contradictorias, porque las propuestas de Dios solo se pueden hacer realidad viviendo en intimidad con Él, y en Su Presencia.
El último día de la fiesta de las enramadas era el más importante. Ese día, Jesús se puso en pie y dijo con voz fuerte: «El que tenga sed, venga a mí. Ríos de agua viva brotarán del corazón de los que creen en mí. Así lo dice la Biblia.»
Juan 7: 37-38 TLA
Jesús dialogando con la gente mientras participaba de la fiesta de las cosechas alzó su voz e hizo un ofrecimiento de eternidad… “de su interior correrán ríos de agua de vida”, y Juan agrega en su escrito: “esto dijo del Espíritu que habrían de recibir los que creyesen en Él”.
Esta invitación es práctica, única, y propone una libertad desde adentro hacia afuera, que se gesta en la dependencia más que en los proyectos pasajeros. Una libertad que no termina para quien esté dispuesto a ser “una rama que depende de la Vid”
Jesús siempre enfrentó a sus seguidores con la paradoja entre lo caro y lo gratuito, entre ser siervo porque soy libre…
En Cristo mi “servicio” me hace libre que no es lo mismo que “independiente”. Aceptando su perdón y plenitud de vida elijo ser dependiente del Señor y vivir en una amistad que Él nunca rompe ni menosprecia.
Jesús vino para que seas libre para elegir, pero no esclavo de tus decisiones». Con la autonomía de seguirle y serle fiel, y no con la obligación de cumplir una ley que te oprime, que es imposible de cumplir por tus propias fuerzas y no te permite disfrutar de la relación con El.
Cuando estamos frente al trono y vemos el rostro del Rey, su imagen es la del buen pastor que dio su vida por nosotros. Cuando creemos que Él es el León de Judá, y Rey de los ejércitos, somos alcanzados por sus brazos fuertes y cubiertos bajo sus alas.
Por eso Pablo pudo decir… “Aún más, a nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él”.
Filipenses 3:8 DHH
El apóstol había experimentado esa plenitud de la que hablaba Cristo, por eso consideraba todo como basura en comparación con conocerlo a Él, el bien supremo.
¿Cómo vamos a perdernos la oportunidad de aceptar lo que Papá quiere hacer en nosotros?, basado en una relación de pura gracia, que es extraordinaria, absolutamente gratis, pero que a la vez tiene un precio.
Yo prefiero depender de Dios y no de las personas, descubrir que en la soledad de Su compañía soy más amigable y capaz de entender a los demás. Escojo la paradoja de perder para descubrir lo que el Espíritu quiere que encuentre. Hoy, cuando las multitudes reclaman sus derechos yo elijo depender de Dios para después decidir sabiamente que es lo mejor y porqué luchar realmente.
Ruth O. Herrera
