Al amanecer, Jesús apareció en la playa, pero los discípulos no podían ver quién era. Les preguntó: —Amigos, ¿pescaron algo? —No—contestaron ellos. Entonces él dijo: —¡Echen la red a la derecha de la barca y tendrán pesca! Ellos lo hicieron y no podían sacar la red por la gran cantidad de peces que contenía.Entonces el discípulo a quien Jesús amaba le dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se puso la túnica (porque se la había quitado para trabajar), se tiró al agua y se dirigió hacia la orilla. Los otros se quedaron en la barca y arrastraron la pesada red llena de pescados hasta la orilla, porque estaban solo a unos noventa metros de la playa. Cuando llegaron, encontraron el desayuno preparado para ellos: pescado a la brasa y pan.
«Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar», dijo Jesús. Así que Simón Pedro subió a la barca y arrastró la red hasta la orilla. Había 153 pescados grandes, y aun así la red no se había roto. «¡Ahora acérquense y desayunen!», dijo Jesús. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: «¿Quién eres?». Todos sabían que era el Señor. Entonces Jesús les sirvió el pan y el pescado. Esa fue la tercera vez que se apareció a sus discípulos después de haber resucitado de los muertos.
Juan 21:4-14 NTV
¡Un gran anfitrión¡
Muchas veces pensamos que los grandes momentos de la vida espiritual se dan en lo espectacular: en los milagros, en las visiones, en las palabras poderosas. Pero en el capítulo 21 del evangelio de Juan, Jesús nos muestra que también en lo simple, en lo cotidiano, se manifiesta su amor. Lo conocemos más como amigo.
Después de haber resucitado, Jesús se aparece a sus discípulos… ¡para prepararles un desayuno! ¿Te imaginás a Jesús cocinando pescado y pan al fuego, esperándolos en la playa? Es una escena tierna, cercana, llena de calor. No hay sermones, no hay multitudes, no hay milagros visibles. Solo una mesa sencilla, amigos que comparten y un Maestro que sirve.
Este gesto tiene una profundidad enorme de amistad verdadera. El detalle es maravilloso: Jesús no se aparece con rayos y truenos. No los reta. No les hace preguntas difíciles. Los espera con un fuego encendido y comida lista. Les dice simplemente: «Vengan a desayunar».
Un desayuno que cambió todo. Ese desayuno sencillo fue el comienzo de una nueva etapa para uno de sus mejores amigos. Después de esa mañana, Pedro ya no fue el mismo. Volvió a levantarse. Tomó fuerza. Se convirtió en el líder de la iglesia primitiva. Todo porque Jesús lo llamó «amigo» y lo restauró con amor. En la playa le devolvió a Pedro la identidad que parecía haber perdido. Lo aceptó una vez más y continuó con el proceso de transformación que parecía detenida.
Jesús, al mostrarse amigo, nos enseña el poder de la amistad como restauración. En el fracaso, la amistad sostiene, resguarda, defiende y prepara el desayuno.
Las amistades verdaderas tienen ese poder: nos levantan cuando caemos, nos recuerdan quiénes somos, nos animan a seguir.
¿Estás reservando tiempo para tus amigos en tiempos difíciles? ¿Cuántos desayunos estás dispuesta/o a preparar en este tiempo?
Ruth O. Herrera
