»Nación de Israel,agranda tu tienda de campaña,extiende las cuerdasy clava bien las estacas,porque te vas a extender de un extremo al otro. Tus hijos conquistarán muchas naciones y ocuparán las ciudades que ahora están deshabitadas.
Isaías 54: 2 y 3 (TLA)
(Énfasis del autor)
Dios siempre fue generacional. Desde el Antiguo Testamento ordenó trasmitir sus enseñanzas de padres a hijos. Instruir, recordar, contar la historia, reforzar la identidad única y especial que habían recibido solo por amor y misericordia.
No obstante, a su pueblo le costó mucho seguir estas indicaciones. Pronto quedaron en el olvido. El libro de Jueces nos da una clara muestra de esta realidad.
Cuando Josué se despidió de los israelitas, cada uno se fue a tomar posesión de la tierra que le había tocado. Mientras él vivió, los israelitas mantuvieron el culto al Señor; y también mientras vivieron los ancianos que sobrevivieron a Josué, que habían visto todos los grandes hechos del Señor en favor de Israel. Pero murió Josué, a la edad de ciento diez años. Murieron también todos los israelitas de la época de Josué. Y así, los que nacieron después no sabían nada del Señor ni de sus hechos en favor de Israel.
Jueces 2: 6 al 8; 10 (DHH)
(Énfasis del autor)
¿Cómo pudo suceder? Es evidente que si se murió toda la gente de la época de Josué y los que nacieron después no sabían nada del Señor era porque nadie se los había contado.
Contar la historia… Recordar que Dios los había librado de la esclavitud y les había dado una tierra propia. Volver una y otra vez a reafirmar su origen como nación.
El Señor eligió a los padres de familia para llevar a cabo esa tarea. Ese llamado continuo vigente. Los cristianos a veces hemos descuidado un poco esta labor de transmitir la fe a nuestros hijos y se la hemos delegado a la iglesia a través de lo que llamamos escuela dominical.
¿Sabés cómo nació esta actividad orientada hacia los pequeños?
Fue fundada en Inglaterra por Robert Raikes, dueño de un periódico local y cristiano consagrado que deseaba ayudar a su comunidad.
La revolución industrial había cambiado la sociedad de su tiempo y los niños de las clases bajas trabajaban todos los días durante muchas horas, por lo cual no tenían la posibilidad de ir a la escuela.
Su único día libre era el domingo y lo utilizaban para vagar por las calles de la ciudad. Al ver esta realidad, Robert formó un grupo de noventa niños para enseñarles a leer y a escribir y para compartir con ellos el mensaje de Jesucristo. En unos pocos años la escuela dominical se convirtió en el programa de educación integral cristiana más exitoso. Luego se extendió también para alcanzar a los adultos.
Sus comienzos tuvieron el deseo de servir a los más vulnerables de la comunidad y proveerles educación al mismo tiempo que les inculcaba principios bíblicos.
Con el paso del tiempo y hasta la actualidad, las iglesias locales adaptaron este modelo para proveer de enseñanza de la Biblia a sus integrantes, principalmente a los niños.
Damos gracias a Dios por esta labor que domingo a domingo desarrollan aquellos que han sido llamados por Dios a enseñar acerca de Jesús a los niños, pero la formación integral se da día tras día en los hogares, a través de la enseñanza y el ejemplo de vida.
Nosotros tenemos que seguir contando la historia que cambió nuestras vidas para siempre.
Hace unos años, un pastor amigo que recorre el país habitualmente comentaba que esta generación de adolescentes, aun los cristianos, ha sido adoctrinada por la cultura imperante. Conocen y hasta defienden con pasión ideas que muchas veces son contrarias a su propia fe. Tal vez ni siquiera pueden argumentar por qué lo hacen, pero la llamada batalla cultural casi está perdida.
Si creemos que nuestros descendientes heredarán la tierra, nuestra tarea es prepararlos para que puedan vivir el cumplimiento de esa promesa.
No dejemos de orar, velar, discipular y acompañar a los más jóvenes para que no sólo conozcan la Biblia, sino que amen a Dios y sigan la enseñanza de Jesús
Mónica Lemos
