Mientras Jesús iba hacia Jerusalén, en el camino reunió a sus doce discípulos y les dijo: «Como pueden ver, ahora vamos a Jerusalén. Y a mí, el Hijo del hombre, me entregarán a los sacerdotes principales y a los maestros de la Ley. Ellos dirán que debo morir, y me entregarán a mis enemigos para que se burlen de mí, y para que me golpeen y me hagan morir en una cruz. Pero después de tres días, resucitaré.»
Mateo 20: 17-19 TLA
A todos nos ha pasado a lo largo de nuestra vida que comenzamos un proyecto, un plan, o nos determinamos a concretar un sueño y por alguna razón terminan truncados. Muchas veces por razones de fuerza mayor, pero otra simplemente por falta de determinación. Cuando las cosas se ponen difíciles y se complica el proceso nos desanimamos, perdemos efectividad y lo que comenzó con determinación se diluye. Pasamos de “estar determinados” a dar por “terminados” los planes que nosotros mismos establecimos.
¿Cuántas veces te pasó? ¿En cuántas ocasiones tu determinación terminó antes de ver tu proyecto concretado?
“No he fracasado. Solo me he topado con 10.000 maneras que no funcionan”. Esta es la famosa frase de Edison, un inventor que ha contribuido de manera extraordinaria a cambiar la historia. Patentó más de 1.000 inventos y nunca se rindió. Aprendió de sus fracasos y supo siempre que encontraría la solución adecuada. Su motivación fue inagotable y nos enseñó a seguir adelante.
Millones de personas fueron venciendo obstáculos en su vida para alcanzar sus victorias, pero nuestro ejemplo por excelencia es Jesús. Él fue así, alguien que, ante la realidad más adversa y hostil, mantuvo su determinación y terminó el plan que desde el principio vino a cumplir: hacer la voluntad del Padre.
Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén
Lucas 9:51 RV1960
La decisión de seguir adelante con el plan de salvación fue de cada día, y cuando llegó la hora “afirmó su rostro…”, lo puso como piedra, inmutable ante la debilidad que como hombre enfrentaba.
Jesús es nuestro ejemplo perfecto de vivir con determinación la soberanía de Dios Padre. Su obediencia estaba basada en el amor a su Padre. No hizo nada por fuerza o buscando su propio bienestar. Todo lo hacía conforme el Padre le mandaba. Aun así, el diablo lo persiguió para menguar su determinación: Usó a sus discípulos, a los líderes religiosos y gobernantes, manipuló a las masas. Pero Jesús se determinó a hacer lo planeado por su Padre.
Te invito hoy a repasar tu propia historia. ¿Cuántas veces te determinaste a ser fiel y obedecer a Dios más allá de lo que eran tus planes? ¿Cuáles fueron las razones que te impulsaron a hacerlo?
