Cuando Jesús vio la gran confianza que aquellos hombres tenían en él, le dijo al paralítico: «Amigo, te perdono tus pecados.»
Al oír lo que Jesús le dijo al paralítico, unos maestros de la Ley que allí estaban pensaron: «¿Cómo se atreve éste a hablar así? ¡Lo que dice es una ofensa contra Dios! Sólo Dios puede perdonar pecados.»
Pero Jesús se dio cuenta de lo que estaban pensando, y les dijo: «¿Por qué piensan así? Díganme, ¿qué es más fácil? ¿Perdonar a este enfermo, o sanarlo? Pues voy a demostrarles que yo, el Hijo del hombre, tengo autoridad aquí en la tierra para perdonar pecados.»
Entonces le dijo al que no podía caminar: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»
En ese mismo instante, y ante la mirada de todos, aquel hombre se levantó, tomó la camilla y salió de allí. Al verlo, todos se quedaron admirados y comenzaron a alabar a Dios diciendo: «¡Nunca habíamos visto nada como esto!»
S. Marcos 2: 5-12 (TLA)
Este pasaje es muy conocido. Generalmente nos deslumbra la fe de los cuatro amigos que sortearon todas las dificultades y le pusieron al paralítico justo frente a Jesús. Pero, en una casa llena de gente había todo tipo de personas, estaban los escribas, también llamados maestros de la ley en otras versiones de la Escritura.
Había alguien que necesitaba caminar y el Señor estaba dispuesto a sanarlo, solo que…no procedió como se esperaba. ¿A quién se le ocurre? A ver, el Maestro podría haber tomado de la mano al enfermo y levantarlo; o decirle ¡Camina! O ¿Qué quieres que te haga? Así lo había hecho otras veces. Sin embargo en esta oportunidad pronuncia una frase desconcertante…y ofensiva para algunos de los que estaban allí. Se dirige al paralítico y le dice: Hijo, tus pecados te son perdonados.
Nadie respondió una palabra, pero Jesús escuchó ciertos diálogos internos. No solo oyó los pensamientos de los escribas sino que les respondió. ¡Qué momento! Sin duda si yo hubiera sido un maestro de la ley me hubiera desmayado ante semejante situación.
El Señor está enfocado en sanar al enfermo y además puede “oír” lo que piensan los asistentes. Es muy descriptivo el término que usa la versión RVR cuando Jesús dialoga con ellos y les pregunta …
¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda …
Cavilar significa pensar con intención o profundidad en algo. (Diccionario de la Real Academia Española)
Jesús no deja a un lado al paralítico para discutir con los escribas, ni tampoco hace gala de su poder sobrenatural que le permitía escuchar los diálogos internos de las personas. No levanta el dedo acusador para decir “Miren chicos que yo sé lo que están pensando” simplemente les pregunta ¿Por qué? ¿Qué importa la frase que diga? ¿Por qué tengo que actuar según sus criterios? Y a continuación da una orden al enfermo y se produce el milagro.
Nosotros, muchos siglos después, nos acercamos a la Biblia con conocimiento previo. Sabemos quién es Jesús, conocemos su misión, hemos escuchado predicaciones y enseñanzas, por lo tanto, muchas veces miramos las situaciones bíblicas “desde arriba” nos resulta fácil y halagador ubicarnos en el lugar de los cuatro amigos o de la gente que fue a escuchar las enseñanzas pero…rechazamos el lugar de los escribas. Y, aunque podés discrepar conmigo, pienso que no necesariamente eran malos. Toda su vida habían sido instruidos para guardar la pureza de la ley y eso era lo que hacían, tal vez hasta se sintieran atraídos por el Maestro, pero ¡Era un hombre tan desconcertante! Decía cosas raras. Después de todo es verdad que solo Dios perdona pecados y ellos no sabían que ese hombre era el Mesías esperado.
Al ver este pasaje desde este punto de vista podemos sentirnos identificados. A menudo, sin tener malas intenciones, nuestros corazones cavilan, por eso, muchas veces escuchamos hablar a alguien y lo etiquetamos, creemos saber cómo piensa y actúa sin conocer su historia de vida ni su situación personal, simplemente cavilamos, juzgamos, escuchamos pero a medias y sacamos conclusiones equivocadas. Y, si lo hacemos con los que vemos, cuanto más con nuestro Señor a quién no vemos. Esta misma actitud la trasladamos hacia Jesús aun si estamos esperando un milagro. Creemos en Él, pero también necesitamos la seguridad que nos provee lo conocido.
Cristo tiene poder para revertir cualquier situación, lo declaramos, lo creemos y lo anunciamos. Sin embargo, hoy es necesario estar atentos a nuestros diálogos internos. No siempre Jesús actúa de la manera que esperamos. Tal vez, mientras sigue enfocado en responder a tu oración también te esté preguntando ¿Por qué cavilás así? No permitas que tus pensamientos desdibujen el poder y amor de tu Señor.
Mónica Lemos
