Dios es más fuerte

Jeremías le dijo a Dios: «Dios mío, con lindas palabras me llamaste, y yo acepté tu invitación. Eres más fuerte que yo, y por eso me convenciste».

Jeremías 20:7 (TLA)
(Énfasis del autor)

Jeremías fue un profeta llamado por Dios desde antes de nacer, pero se enteró de su misión cuando era un niño. Su tarea era advertir al pueblo de las consecuencias que tendrían si desobedecían al Señor y se inclinaban ante los ídolos.

Desde el primer momento cuestionó su propósito. Era lógico, estaba muy consciente de sus limitaciones. Por eso, Dios le ofreció pruebas para darle seguridad: Su presencia constante y Su propia voz que hablaría por medio de él.  

Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. Y yo dije: ¡Ah! ¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño. Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca.

Jeremías 1:4-9 (RVR60)
(Énfasis del autor)

Si seguimos leyendo, veremos que el Señor describió la tarea del profeta y le dio promesas de triunfo en las batallas que enfrentaría en el futuro.

Sin embargo, le tocó anunciar malas noticias. Debido a su fidelidad al llamado tuvo que pasar por azotes, cárcel, burlas y soledad. ¡Hasta sus amigos esperaban que cometiera un error y abandonara su misión! ¡No querían perderse ese instante! Con amigos así… Ante ese panorama que no cambiaba, llegó un momento en que Jeremías se desanimó, no quiso hablar más de parte del Señor y se lo dijo. Sus palabras de queja y frustración se desbordaron. Pero, cuando estaba decidido a hacer silencio, descubrió que el mensaje que lo habitaba era tan fuerte que no podía contenerlo, aunque quisiera.

 Yo dije: «Ya no anunciaré más de él; no volveré a hablar en su nombre», pero su mensaje dentro de mí se convierte en un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. Hago todo lo que puedo por contenerlo, pero me es imposible.

Jeremías 20:9 (PDT)
(Énfasis del autor)

Hace unos días escuché a unos periodistas que, ante el aumento de casos de violencia escolar, se preguntaban desconcertados cuándo y cómo se habían desmoronado los valores que nos constituían como sociedad. Son preguntas que tal vez te hiciste en algún momento. La historia de Jeremías nos confronta, en este sentido ¿acaso no sentiste alguna vez que tu vida sería más sencilla si, simplemente, te callaras la boca en algunas ocasiones? La tentación a ser indiferente o a mirar para otro lado es muy fuerte. Tironea todo el tiempo y, muchas veces, nos gana.

Es precisamente en esos momentos que podemos establecernos en la convicción de que Él es más fuerte. Aunque a veces intentemos apagarlo, el fuego de su mensaje permanece ardiendo en nuestro interior y espera que lo expresemos. Así seremos sal que no pierde el sabor; seremos luz que no se apaga.

 

Mónica Lemos