Inmediatamente después, Jesús insistió en que los discípulos regresaran a la barca y cruzaran al otro lado del lago mientras él enviaba a la gente a casa. Después de despedir a la gente, subió a las colinas para orar a solas. Mientras estaba allí solo, cayó la noche. Mientras tanto, los discípulos se encontraban en problemas lejos de tierra firme, ya que se había levantado un fuerte viento y luchaban contra grandes olas. A eso de las tres de la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el agua.
Mateo 14: 22- 25 NTV
Este pasaje es súper oportuno para terminar la semana… una tormenta, miedo, falta de fe, un Jesús lejano y un desafío a creer lo imposible.
La historia es muy conocida.
Jesús estaba demasiado agotado para ir con los discípulos remando y, seguramente, hablando sin parar. Pero hoy me gustaría preguntarle: ¿Estás seguro que no sabías que se iba a desatar semejante tormenta?
De noche, lloviendo, con un viento extremo, remando contra corriente, entre los gritos de miedo y los malos augurios… los discípulos no se acordaban de Jesús a pesar de haber sido protagonistas de los milagros de ese día. Yo creo que el miedo tiene una memoria corta.
En el momento más desafiante de la tormenta, los discípulos ven a Jesús y no lo conocen, caminando sobre las aguas solo imaginaban a un fantasma. Es lógico que con semejante tormenta no distinguieran de lejos al Maestro. Lo entiendo bien porque hace muy pocos días, de repente el sol se escondió y, mientras caminaba desprevenida por la calle, se desató una lluvia tan intensa cruzando una plaza que literalmente no podía tener los ojos abiertos. Las gotas parecían pequeños látigos. Así que puedo dar fe de que ellos no tenían una buena visión.
Y también me hace recordar que fueron muchas las veces en mi vida que mi visión se puso borrosa, en tiempos de enfermedad o luto, cuando el ministerio se puso difícil y hasta acompañando amigos desconsolados no pude ver claramente quién se acercaba en la tormenta.
Vos y yo sabemos que Su presencia divina se manifiesta en medio de las tormentas, y también sabemos lo difícil que es remar contra el viento. Por eso necesitamos recordar los milagros, repetirlos, escribirlos, leerlos, y dar gracias porque fuimos parte de ellos. Aun antes de pensar en caminar sobre el agua, como hizo Pedro, necesitamos hacer memoria antes de que Jesús calme la tempestad.
Cuando subieron de nuevo a la barca, el viento se detuvo. Entonces los discípulos lo adoraron. «¡De verdad eres el Hijo de Dios!», exclamaron.
Mateo 14: 32-33 NTV
(Énfasis del autor)
Al final de la historia Jesús le dice a Pedro: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Esta pregunta no es para señalar con el dedo, sino para enseñarnos a todos sobre la importancia de mantener una fe sólida y una memoria activada, incluso cuando enfrentamos desafíos aparentemente imposibles.
Entonces gritó diciendo: —¡Señor, sálvame! De inmediato Jesús extendió la mano, lo sostuvo.
Dudar… siempre vamos a volver a dudar y, aun así, Jesús siempre va a estar en nuestras tormentas.
Ruth O. Herrera
