Luego volvió a donde estaban sus discípulos y los encontró dormidos. «¿No pudieron mantenerse despiertos conmigo ni una hora? —dijo a Pedro—.Permanezcan despiertos y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil».
Mateo 26:41 (NVI)
Algunos consideran a este episodio la reunión de oración más importante de la historia: nada menos que el destino eterno de los seres humanos estaba en juego. Allí solo tres personas acompañaron a Jesús y, excepto Él, todos se quedaron dormidos. El Señor experimentaba una angustia demoledora. Era el Hijo de Dios. Estaba lleno del Espíritu. Sabía que morir por los pecados de toda la humanidad era su misión. Pero la hora se acercaba, el sufrimiento aumentaba y estaba completamente solo.
¿Por qué se habrán dormido sus tres discípulos más cercanos? La Escritura no lo dice. Una conjetura que se me ocurre es que el enemigo los hubiera hecho entrar en una especie de letargo, porque en otras circunstancias eran hombres acostumbrados a pasar la noche despiertos ¿recordás la escena de la tormenta en la barca? Todos estaban despiertos y asustados, el único que dormía era el Señor. Acá la tormenta era espiritual. El Mesías era el único que permanecía despierto, completamente lúcido; los demás dormían.
Suele sucedernos lo mismo que a los amigos de Jesús: cuando experimentamos situaciones muy difíciles podemos desear dormir hasta que la crisis haya pasado. Y si entramos en un estado depresivo, no tenemos fuerzas ni ánimo para levantarnos de la cama. Es así, nuestro cuerpo fue diseñado para soportar determinada carga de ansiedad o angustia. Si pasamos ese límite, nuestra salud se verá afectada.
Todos tenemos buenas intenciones y queremos salir adelante, pero a veces la realidad nos apabulla y no logramos mantenernos de pie y firmes en nuestras convicciones.
No se duerman; oren para que puedan resistir la prueba que se acerca. Ustedes están dispuestos a hacer lo bueno, pero no pueden hacerlo con sus propias fuerzas».
Mateo 26:41 (TLA)
(Énfasis del autor)
Es reconfortante que este texto figure en las Escrituras. Nos recuerda que nuestras buenas intenciones no alcanzan, que somos débiles y debemos encontrar nuestra fortaleza fuera de nosotros mismos. ¿Dónde? En el mismo lugar donde la encontró el Señor, mejor dicho, de la misma manera: en la comunión con el Padre por medio del Espíritu. Jesús se preparó en oración, luego salió al encuentro de quienes iban a buscarlo. Él tomó la iniciativa. ¡Estaba listo! Tanto que, en medio de su arresto, tomó tiempo para sanar la oreja de uno de los soldados que había ido a apresarlo.
Obvio, es una situación que se dio solo una vez en la historia. Pero si vos y yo nos reconocemos dispuestos pero débiles, el Espíritu vendrá en nuestro auxilio y nos dará fortaleza sobrenatural. ¿Serás capaz de creerlo?
Mónica Lemos
