Y todos los presentes fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otros idiomas, conforme el Espíritu Santo les daba esa capacidad.
Hechos 2: 4 NTV
(Énfasis del autor)
Al leer este relato y después de muchos años de dar clases de canto y el uso adecuado de la voz, no puedo dejar de relacionar que los discípulos cambiaron su forma de hablar en el mismo momento que el Espíritu Santo llenó la casa con un viento recio y los transformó.
Según nuestro diseño corporal para emitir un sonido necesitamos inspirar primero, llenar los pulmones de aire y después exhalar de manera que el “viento interno” pase entre las cuerdas vocales y produzca sonidos entendibles.
Me imagino aquel momento como una sublime correntada de aire entrando en la habitación y desordenándolo todo para volver a ponerlo en el lugar correcto. No solo una brisa… más bien un viento huracanado que removió hasta los cimientos y las calles de Jerusalén. Nadie en la ciudad fue ajeno al estruendo, pero no todos comenzaron a exhalar sonidos de salvación.
Entonces Dios el Señor formó al hombre de la tierra misma, y sopló en su nariz y le dio vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente
Génesis 2: 7 DHH
(Énfasis del autor)
Los apóstoles inspiraron el viento poderoso del Espíritu Santo, no solo sus pulmones sino cada célula y órgano de sus cuerpos fueron impregnados de vida. Aquel día el mismo aliento, puro, contundente y regenerador que Papá soplo sobre Adán en el Edén volvió a crear vida plena.
Hoy no quiero que este devocional sea más extenso… y le pido a Papá que te ayude y me ayude, que nos inspire e ilustre en esta verdad de ser capaces de “inspirar el oxígeno santo del Espíritu” para ser renovados hasta en nuestra manera de hablar. Que su ministración nos ayude a ser capaces de “esperar, reconocer y ser llenos del viento del cielo”.
Te invito a que ahí donde estés le pidas al Espíritu Santo que sople sobre vida, que se manifieste en tu cuerpo, que ministre tus emociones y llene tu espíritu de vida plena.
Ruth O. Herrera

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