El amigo ausente

Un hombre llamado Lázaro estaba enfermo. Vivía en Betania con sus hermanas María y Marta. María era la misma mujer que tiempo después derramó el perfume costoso sobre los pies del Señor y los secó con su cabello.[a] Su hermano, Lázaro, estaba enfermo.  Así que las dos hermanas le enviaron un mensaje a Jesús que decía: «Señor, tu querido amigo está muy enfermo».

Juan 11: 1-3 NTV

Como en nuestra lectura de ayer, volvemos a encontrar un  relato de muerte, decepción y milagro; aunque ambas historias se refieren a diferentes momentos y lugares, tienen un mismo trasfondo y situación.

Otra tumba, otro muerto, otros llantos, otros reclamos… ¡otra piedra!

Esta vez son dos mujeres las protagonistas  de las preguntas y muchas otras  que llorando  animaban el luto y la desesperación. 

El mismo rito, la misma escena, 4 días en lugar de 3, enfermedad en lugar de entrega… Más allá de las diferencias y similitudes de cada experiencia, ambas historias se ven unidas por la frialdad de la tumba y la desesperanza.

Betania se hallaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros;  y muchos de los judíos habían ido a visitar a Marta y a María, para consolarlas por la muerte de su hermano.

Juan 11: 18-19 DHH

(Énfasis del autor)

Las costumbres de sepelio en Israel, sobre todo entre las personas más ricas o que tenían una buena condición económica tenían una gran despliegue. Las personas con recursos hacían labrar una tumba familiar en una roca o colina.  La tristeza de los  funerales era planeada y hasta paga, el llanto y los gemidos eran bien alimentados y la desesperanza “la estrella del show”. Las  lloronas eran contratadas porque se creía que los llantos que emitían limpiaban el alma de pecados del difunto facilitando su rápido ascenso a la gloria eterna. Otra función que tenían era reemplazar el llanto de la familia mientras ésta se ocupaba de atender y servir a quienes llegaban al funeral. Al terminar su tarea las lloronas recibían su pago  en dinero o víveres como trigo, yerba o harina.

En esta historia las hermanas del difunto estaban realmente desconsoladas, su dolor era genuino,  perder al hermano, el hombre de la casa, el mimado, el centro de la familia, era algo totalmente inesperado.

Las dos mujeres  protagonizan la escena porque ambas  mandaron a llamar a Jesús, las dos creían en Él, y ambas estaban impacientes por su llegada y desbordadas por la tardanza del Maestro.

La cercanía de Jerusalén con Betania era de aproximadamente 30 cuadras y marca que no eran pocos los asistentes al evento, y al mismo tiempo deja de manifiesto el “inoportuno retraso del amigo”

Al llegar, Jesús se encontró con que ya hacía cuatro días que Lázaro había sido sepultado.

Juan 11: 17 DHH

Una vez más encontramos un camino hacia una tumba, y otra vez más mujeres frente a la piedra. Para María y Marta mucho más que un hermano quedaba detrás de la piedra, estaban asistiendo a la muerte del que amaban y allí sepultaban también sus esperanzas, su familia y parte de lo que les daba identidad.  A la pérdida de Lázaro se sumaba  la angustia del abandono de su Maestro. Camino hacia la tumba con el cortejo fúnebre, habían visto frustrada la esperanza…  Se encontraba a poco más de 3 kilómetros, pero la distancia, aunque escasa,  las separaba de la promesa de vida y resurrección. ¡TAN CERCA PERO NO LO SUFICIENTE!

Al llegar Jesús, Marta primero y María después, fueron a su encuentro a llorar y ambas reclamaron: _ ¡Ay mi Señor si hubieras estado aquí no habría una tumba que enfrentar!_ María a su vez, le mostró donde estaba la tumba del fracaso ante la pregunta que cambió esta historia: ¿Dónde lo pusieron? ¿Dónde pusiste tu dolor? ¿Dónde está tu desconfianza? ¿Dónde sepultaste tus sueños y fe?

Jesús recorrió  con ella el camino hasta la tumba. Él quería que María y Marta volvieran a ver la tumba cerrada; que volvieran por el mismo camino que antes habían recorrido para enterrar a Lázaro, que se enfrentaran a su dolor y su frustración. Ese camino era necesario y parte del proceso para recibir el milagro. Jesús acompañó a Marta y a María hasta la tumba para que se enfrenten a la resurrección. Y ese trayecto hacia la tumba se comenzó a transformar en victoria porque El Señor de la Vida iba con ellas.

Jesús llegó hasta la tumba y le pidió a los que estaban allí que corrieran su piedra… un esfuerzo más, otra vez la crisis, otro desafío a la fe. Pero era importante que Lázaro muriera para que hubiese resurrección. Si ellas volvían al sepulcro, corrían la piedra pesada, entonces JESÚS HARÍA EL MILAGRO.

En la mayor cantidad de casos y relatos de la Biblia en los que Dios obró milagros a favor de su pueblo requirió la participación del hombre. Es tiempo de llevar a Cristo hasta tus piedras, tus obstáculos.

Podés negarte a volver a la tumba. Podés quedarte a los pies de Jesús llorando y hasta adorando, pero necesitas abrir la tumba de tus rencores, enemistades, enojos, pecado, para que Jesús camine con vos el proceso de restauración y libertad. 

Es verdad  que no hay mejor lugar que los pies de Cristo para llorar… pero es mucho mejor ir hasta la tumba con Él  y encontrar la vida detrás de la piedra.

Ruth O. Herrera