El amor que crece

Amados hermanos, no podemos más que agradecerle a Dios por ustedes, porque su fe está floreciendo, y el amor de unos por otros, creciendo.

2° Tesalonicenses 1: 3 NTV

Te propongo un resumen de lo que compartimos en la semana para que juntos podamos afirmar los conceptos dados.

Comenzamos esta semana con una reflexión acerca de la necesidad de aprender a mirar los tiempos. Ver el tiempo antes de tiempo. Parece un juego de palabras, pero es lo que proponía Jesús a través de su ejemplo de la siembra y la cosecha mientras observaba los campos cercanos.

Ver con los ojos del Espíritu, reconocer el fruto donde otros ven solo un pequeño brote.

Esta forma de mirar viene sin dudas a través de la fe. Es una mirada de otro orden, proviene del Espíritu y podemos ejercitarla.

Nos preguntamos por qué aparecía el desafío de mirar los campos blancos (maduros) para la cosecha en el contexto de la conversación con una mujer samaritana. El diálogo de Jesús con ella es muy conocido y ha sido objeto de infinidad de predicaciones.

Muchas veces la cosecha no es el resultado de lo que nosotros hacemos, sino que cuando se produce un encuentro genuino entre Cristo y cualquier persona, aún la menos pensada, esa persona puede guiar a otros para que experimenten lo mismo que experimentó y nosotros recoger frutos que no sembramos.

Esa fue la enseñanza que recibieron los amigos de Jesús.  Para ellos el tiempo en Samaria fue la ocasión para ir a comprar comida, para Jesús fue la oportunidad de devolverle la dignidad  y darle nueva vida a alguien despreciado.

Por lo tanto, no permitas que tus prejuicios excluyan a alguien de relacionarse personalmente con Él.

Pasamos a los tiempos actuales, la época histórica para la cual nacimos.

Nadie nace fuera de tiempo en los planes de Dios. Si Él decidió que tu historia transcurriera en esta época es porque Su propósito podía cumplirse en vos, ahora, en la llamada posmodernidad.

No obstante, necesitamos aprender a leer las señales, interpretar la cultura, despojarnos de modelos y costumbres que hemos heredado para poder mostrar a Cristo de forma efectiva y relevante.

Es bueno detenernos y pensar de qué manera podemos ser flexibles en las formas sin renunciar a presentar de manera genuina y actual a Quien cambió nuestra vida y le dio sentido verdadero y eterno.

Nuestra comunidad se constituye en el abrazo del Padre porque primero encontró amor y aceptación incondicional en Él y eso es lo que el Espíritu quiere que podamos reproducir.

Esta transferencia de vida en Jesús no solo es una posibilidad y un desafío constante para llegar a quienes aún están lejos de Él sino también una preciosa oportunidad para que podamos vivirla puertas adentro.

Que el Espíritu Santo, que es el que revela a Cristo, nos permita fluir en la experiencia que mencionaba el apóstol

Amados hermanos, no podemos más que agradecerle a Dios por ustedes, porque su fe está floreciendo, y el amor de unos por otros, creciendo

 

Mónica Lemos