Pero se acerca el tiempo—de hecho, ya ha llegado—cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. El Padre busca personas que lo adoren de esa manera.
- Juan 4.23 (NTV)
Toda época tiene sus temas recurrentes de conversación. En tiempos de Jesús era habitual que la gente caminara para trasladarse de un lugar a otro. Esto permitía el diálogo sobre distintos temas: siembra y cosecha, cuidado del ganado, angustia por la opresión económica y política que Roma ejercía sobre ellos, entre otros. El Maestro era alguien que disfrutaba de conversar con la gente común. Solo que sus charlas eran muy, muy diferentes. Él sabía escuchar, detectaba la necesidad oculta detrás de cualquier comentario hecho como al pasar. Por eso, bastaba solo un instante para que una palabra suya produjera un cambio real, pero inesperado para su interlocutor.
Algunas de las más grandes revelaciones teológicas que hoy estudiamos en ámbitos cristianos fueron dichas por Él en medio de una simple charla. Te doy un ejemplo: cuando se lleva a cabo un Seminario sobre Adoración, el texto base de este devocional es un clásico. El orador les dice a los asistentes qué características debe tener la adoración que a Dios le agrada.
Ahora bien, ¿Quién fue la primera persona que tuvo el privilegio de recibir en exclusiva una declaración semejante? Una mujer que, cuando se sintió incómoda porque el Maestro fue directo al centro de su problema más íntimo, quiso desviar el tema con una pregunta supuestamente espiritual. El Señor le dio este regalo como respuesta.
—Señor—dijo la mujer—, seguro que usted es profeta. Así que dígame, ¿por qué ustedes, los judíos, insisten en que Jerusalén es el único lugar donde se debe adorar, mientras que nosotros, los samaritanos, afirmamos que es aquí, en el monte Gerizim, donde adoraron nuestros antepasados? “se acerca el tiempo—de hecho, ya ha llegado—cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. El Padre busca personas que lo adoren de esa manera”
- Juan 4. 19,20 y 23 (NTV)
Énfasis del autor
Él percibió la necesidad genuina. Por eso, paso a paso, sin “dominar” la conversación fue guiando a la mujer de Samaria hacia la verdad, sin desviarse del tema que ella misma proponía. Así expresó lo que varios comentaristas consideran la enseñanza más profunda sobre la adoración, curiosamente, a la persona menos pensada: alguien que había tenido una vida difícil y además pertenecía a un pueblo enemigo. Es raro ¿no?
Podríamos pensar que el ámbito adecuado para realizar un debate teológico de esta magnitud hubiera sido la Sinagoga. Pero el Señor decidió privilegiar con esta verdad a alguien a quien ningún líder religioso le dedicaría ni una palabra. El resultado fue que esta persona corrió a compartir las buenas noticias con la gente de su aldea y Jesús se quedó dos días más en el lugar para acercar el Reino a los que fueron a escucharlo.
Nosotros tendemos a hacer lo contrario, a veces podemos plantar nuestras verdades al que tenemos cerca sin tomarnos el tiempo para mirarlo a los ojos y escucharlo con atención. Cuando llevamos las buenas noticias, a menudo imitamos los monólogos de los vendedores: armamos un bosquejo, aplicamos fórmulas, derribamos objeciones, pero si en algún momento surge alguna pregunta inesperada, no sabemos qué decir.
Pensá. ¿Recordás alguna vez en que hayas iniciado una conversación “evangelística”? oraste, te acercaste a hablar con alguien y de repente esa persona desvió hábilmente el tema y te enredó en una discusión sin sentido sobre asuntos que no tenían nada que ver con Jesús.
Cuando terminó el diálogo te sentiste doblemente frustrado: no pudiste evangelizarla y además tampoco tuviste respuesta para algunos de sus cuestionamientos.
Hoy Jesús, el experto en el arte de conversar, te invita a que sigas su ejemplo. Solo entrenate en escuchar y pedile al Espíritu Santo que te revele lo que la otra persona realmente necesita para poder acercarla al Hijo de Dios.
Mónica Lemos
