«Jesús sabía que el Padre le había dado autoridad sobre todas las cosas y que había venido de Dios y regresaría a Dios. Así que se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ató una toalla a la cintura y echó agua en un recipiente. Luego comenzó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura».
Juan 13:3-5
Era la última noche que estaban juntos, y el aire que respiraban los discípulos estaba lleno de dudas. Como siempre las miradas estaban clavadas en Él, pero de repente ocurrió lo menos pensado. En lugar de palabras hubo acción. Nadie entendía nada o en todo caso entendían todo tan claramente que la desorientación fue total. El dueño de toda la autoridad existente, dejó su lugar y se quitó el manto para colocarse una toalla. Buscó agua en un recipiente y ante el shock de todos los presentes, tomó suavemente los pies sucios del discípulo que tenía más cerca y comenzó a lavar los de todos.
Hagan ustedes lo mismo
Uno de los mensajes más contundentes acababa de ser entregado no solo a ellos sino a millones en todas las latitudes y a través de todas las edades. Y para afirmarlo, el Maestro decidió sellar esta clase magistral con un mandamiento que quedaría para la posteridad: «Les di mi ejemplo para que lo sigan. Hagan lo mismo que yo be hecho con ustedes» (Juan 13:15).
Precisamente de esto estamos hablando en esta semana. De tener el mismo sentir que tuvo Cristo Jesús. Nadie jamás tuvo mayor derecho a los privilegios que Él, sin embargo, eligió el camino humilde de los siervos, ese que toman quienes se dedican a satisfacer las necesidades de los demás (Filipenses 2:5-9). No intentemos nosotros subir escalones que el Señor ya bajó para acercarse a la gente.
Servir o ser servidos
Al meditar en servir a nuestros amigos, llama mucho la atención en el pasaje de hoy, la gran diferencia que existe entre el manto y la toalla. El manto sugiere la idea de autoridad, de dignidad, de poder y de comodidad. Leemos que el Señor se sacó el manto para ponerse en la cintura una toalla, que nos da otra imagen: de esfuerzo, de servicio, de entrega, de posición inferior y de incomodidad. ¿De cuál de los dos objetos sentimos que estamos más cerca? ¿Cuál amaremos más?
Hoy podemos mirarnos una vez más en el espejo de la Palabra de Dios y permitirle al Espíritu Santo que nos muestre la realidad de nuestro corazón. En lugar de aferrarnos a todo aquello que en su gracia nos fue permitido alcanzar o lograr, despojémonos de ese manto que muchas veces nos lleva a amar las posiciones, los títulos y el trato privilegiado para tomar la toalla de la disposición y la buena voluntad involucrándonos con la necesidad e incluso con la suciedad ajena.
Siervos más allá de los dones
Está más que claro que lavar pies sucios no era la principal vocación de Jesús en la vida ni la misión para la que había venido al mundo, pero eso no impidió que lo hiciera, ya que eso es lo que hacen los verdaderos siervos: satisfacer necesidades reales en el momento oportuno. No confundamos los dones que hemos recibido y las responsabilidades que tenemos en la iglesia, con tener ese tipo de corazón que está dispuesto a recorrer el mismo camino de humildad de Jesús.
A las personas por las que estamos orando les pasan cosas. Muchas veces les cuesta conciliar el sueño de noche por situaciones que les preocupan. Se trata de cosas concretas que, aunque a veces no guarden relación con el ministerio que desempeñamos, Dios puede poner dentro nuestro impulsos e ideas para dar una mano en la solución de esos problemas.
Cuando en respuesta a nuestras oraciones, el Señor nos muestre esas posibilidades de servicio a nuestros amigos, quizás nos encontremos ante una disyuntiva. Aferrarnos al manto pensando que nosotros no estamos para eso o tomar la toalla y agacharnos imitando a Jesús para alcanzar esos corazones.
Acción:
Hoy vamos a realizar alguna acción de servicio que para nosotros signifique «sacarnos el manto, tomar la toalla y lavar pies».
Oración:
Oramos para no aferrarnos a nuestros logros o méritos y mantener un corazón de siervo.
Pedimos al Señor que nos haga comprender que en su Reino no se trata de subir escalones sino de bajarlos como Él hizo.
Oramos para estar dispuestos a involucrarnos con la suciedad ajena cuando el Señor así nos lo muestre.
Argentina Oramos por Vos
