Mientras Jesús iba con Jairo, las multitudes lo rodeaban.Una mujer de la multitud hacía doce años que sufría una hemorragia continua y no encontraba ninguna cura. Acercándose a Jesús por detrás, le tocó el fleco de la túnica. Al instante, la hemorragia se detuvo. «¿Quién me tocó?», preguntó Jesús.
Todos negaron, y Pedro dijo: —Maestro, la multitud entera se apretuja contra ti.
Pero Jesús dijo: —Alguien me tocó a propósito, porque yo sentí que salió poder sanador de mí.
Cuando la mujer se dio cuenta de que no podía permanecer oculta, comenzó a temblar y cayó de rodillas frente a Jesús. A oídos de toda la multitud, ella le explicó por qué lo había tocado y cómo había sido sanada al instante.«Hija —le dijo Jesús—, tu fe te ha sanado. Ve en paz».
Lucas 8:43-47NTV
¡Qué vida terrible! Una mujer anónima…
Doce años sola, sin que la abracen ni la toquen. Sin trabajo, sin familia, sumergida en la tristeza de saber que era considerada “inmunda” porque así lo determinaba la ley judía.
La mujer que tenga una hemorragia durante varios días, fuera del tiempo de su menstruación, será considerada impura.
Levíticos 15: 25 TLA
Todos se mantenían lejos para prevenir contagios, la ley sanitaria era clara y la persona afectada debía apartarse de los que la rodeaban. Si alguien la tocaba accidentalmente, tenía que ir a purificarse. Nadie podía sentarse en la misma silla y mucho menos acostarse con ella. Esta situación de soledad la siguió por años.
Absolutamente débil, y seguramente anémica, ya no tendría fuerzas físicas. Aun así nadie podía ayudarla debido a su condición.
Doce años de sufrimiento y dolor, de desprecio y humillación, de semejante desgracia la habían dejado sin recursos económicos. Imagino su desesperanza cada vez que un médico mataba su expectativa de salud. Para vivir así, mejor no estar viva…
Pero contra todo pronóstico fue al encuentro de Jesús. Se arriesgó a ser castigada buscando una solución mágica, el último recurso. Una nueva posibilidad, aunque humanamente estaba todo perdido. Creyó en Jesús, en su poder y su soberanía y en que con tocar el borde de su manto algo podría suceder.
A pesar de la multitud que la consideraba impura, arriesgó lo único que le quedaba, su anonimato.
A riesgo de ser señalada decidió provocar el encuentro, y cuando Cristo preguntó quién lo había tocado, seguramente dudó en darse a conocer y el miedo la habrá paralizado.
Pero venció el obstáculo de su vergüenza.
Desató la poca fe que le quedaba, y la depositó en aquel Maestro que podía realizar milagros extraordinarios.
Le bastó un minuto de esperanza para que Jesús transformara su vida.
¿Quién me ha tocado? Al escuchar la maravillosa pregunta se estremeció… ¡Cuánto tiempo que nadie notaba su presencia!
Unas pocas palabras que abrieron la puerta al camino de “la verdad y la vida”.
Sanada, perdonada, restaurada y reconocida.
Pasó de ser la despreciada a ser un milagro viviente.
Al leer esta historia imagino a esta mujer transformada. Alguien a quien luego buscarían una y otra vez para escuchar de boca de ella, el relato de su encuentro con Jesús. La puerta de su casa siempre abierta para transmitir esperanza y consuelo.
No importa tu condición inicial. Si necesitás un cambio, dejate descubrir por Cristo, a solas, aunque estés rodeado de personas, Él quiere hablar solo con vos… dejate tocar
Hoy mismo quiere decirte: «Hijito/a, tu fe te ha salvado, sanado, restaurado, levantado… transformado»
Ruth O. Herrera
