El mensajero

Un hombre llamado Lázaro estaba enfermo. Vivía en Betania con sus hermanas María y Marta. María era la misma mujer que tiempo después derramó el perfume costoso sobre los pies del Señor y los secó con su cabello. Su hermano, Lázaro, estaba enfermo. Así que las dos hermanas le enviaron un mensaje a Jesús que decía: «Señor, tu querido amigo está muy enfermo». Cuando Jesús oyó la noticia, dijo: «La enfermedad de Lázaro no acabará en muerte. Al contrario, sucedió para la gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios reciba gloria como resultado». Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro

Juan 11: 1-5 NTV
(Énfasis dela autor)

En tres días comienza un nuevo año, un nuevo ciclo, una nueva etapa. Un tiempo de esperar y atraer grandes obras de parte de Dios y bendecir a quienes nos rodean.

En esta semana tan particular compartamos juntos una historia en la que termina un ciclo para comenzar otro mucho mejor.

Durante esta semana viajemos juntos a Betania…

Busquemos a Lázaro, un resucitado. Conozcamos a varios testigos y al mensajero apurado por la situación. Redescubramos a los discípulos llenos de miedo. A Marta que sólo podía ver la enfermedad. A María, la distinta, expectante por la llegada rápida del amigo. Y también a los amigos incrédulos y perturbados ante una realidad imposible.

En Betania Jesús tenía amigos que brindaban amor, comprensión, comida, descanso y hermandad; un sitio de paz. Así pasaba los días Jesús en la casa de Betania… como en familia.

El cansancio del caminar casi continuamente, la carga de la tarea, la soledad del ministerio, realidades de Jesús que se mitigaban al llegar a la casa de los tres hermanos.

Cuando las hermanas Marta y María supieron que  Lázaro necesitaba ayuda mandaron a avisar a Jesús, confiando que él tenía respuesta y solución. Tenían la certeza que con solo saber de la enfermedad, el amigo vendría sin que tuvieran que pedírselo dos veces.

Entonces entra en escena aquel mensajero que llevaba una mala noticia a cambio de otra buena… Una que fuera igual a: “Dile a las hermanas que estoy en camino y no tardo”. Ese hombre cargaba con la angustia de dos mujeres, la gravedad de su amo y la distancia hasta llegar a la solución. Alguien que seguramente durante el trayecto sentía la urgencia de una rápida respuesta. Tendría la esperanza de anticiparle a aquellas mujeres que no estaba nada perdido. En cambio se encontró con un Jesús que parecía despreocupado y demasiado paciente.

¿Cómo habrá llegado nuevamente a la casa? ¿Qué excusa habrá dado a las mujeres? ¿Qué sentiría aquel mensajero cansado y angustiado?

Un testigo frustrado, una esperanza debilitada, un mensajero sin noticias…

¡Creer sin medir los días! ¡Esperar a pesar del apuro! ¡No llorar ante lo imposible!

La fe se pone en riesgo muchas veces en la vida, y sólo conocer a Jesús y su “no apuro” puede hacer una gran diferencia.

¿Qué tan apurado, apurada estás por “esa respuesta”?

 

Ruth O.Herrera