David le entregó la comida al encargado de las provisiones y corrió a donde estaban los soldados tratando de averiguar sobre sus hermanos. Mientras hablaba con sus hermanos, Goliat salió del campamento filisteo desafiando como siempre a gritos al ejército israelita, y David lo oyó. Los soldados israelitas veían a Goliat y corrían de miedo. Los soldados se decían entre ellos: «¡Otra vez salió el gigante a insultarnos! El que lo mate, se hará rico. El rey le dará una gran recompensa, le dará a su hija como esposa y además la familia no tendrá que pagar impuestos ni cumplir el servicio militar».
1° Samuel 17: 22-25 PDT
David estaba destinado a ser un héroe, a destacarse como rey y como guerrero, y eso quedó muy claro en su adolescencia.
Fue ungido rey y no fue al palacio, siguió cuidando ovejas. Pero la unción del
Espíritu que recibió para su misión, cuando Samuel lo cubrió con aceite, fue inmediata.
David se enfrentó a un guerrero invencible y al matar a Goliat actuó como líder y como rey, aun sin serlo visiblemente.
A los ojos de quienes lo rodeaban seguía siendo un pastor, no era el rey que los demás reconocían. Pero incluso sin ser consciente, comenzó a ejercer su reinado defendiendo al pueblo como nadie pudo hacerlo.
Cuando David regresó después de matar a Goliat, Abner lo trajo a Saúl. David todavía tenía en la mano la cabeza de Goliat. Saúl le preguntó: —Muchacho, ¿quién es tu papá?
David le contestó: —Soy hijo de tu siervo Isaí, de Belén.
1° Samuel 17: 57-58 PDT (Énfasis del autor)
La unción no se desperdició. El llamado y la consagración son dadas por el Señor y fluyen aun sin que seamos conscientes. Por eso necesitamos dependencia.
Ahora, el llamado y la unción tienen que coincidir con nuestro carácter.
“Ser” no es lo mismo que “hacer”.
David fue escogido por Dios debido a su corazón obediente, humilde y receptivo a la dirección del Señor.
Cuando aceptamos el llamado y la misión de Dios queremos respuestas rápidas, resultados, necesitamos de alguna manera tener confirmación, especialmente si los otros nos reconocen.
David no se convirtió en rey de inmediato después de ser ungido; pasaron años de preparación y pruebas antes de que asumiera su reinado ante el ejército y el pueblo, pero él sí era el rey ante Dios, y todos esos años no fueron en vano ni un fracaso.
Tenemos que aprender a confiar en el cronograma de Dios y esperar en Él con paciencia y fe porque desde el primer día que lo aceptamos ya fuimos consagrados y ungidos. No es cuestión de edad… Aun peinando canas, el llamado y misión no son revocadas.
Ruth O. Herrera
