El principio del milagro

Cuando los setenta y dos discípulos regresaron, le informaron llenos de alegría: — ¡Señor, hasta los demonios nos obedecen cuando usamos tu nombre! Miren, les he dado autoridad sobre todos los poderes del enemigo; pueden caminar entre serpientes y escorpiones y aplastarlos. Nada les hará daño. Pero no se alegren de que los espíritus malignos los obedezcan; alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo.

  1. Lucas 10:17-20 (NTV)

 

Jesús quiere establecer una iglesia que se levanta  poderosa en esa fe y que entiende las verdaderas motivaciones para buscar los milagros, las sanidades y todo lo que desea en el Espíritu Santo.

Les recuerdo un texto difícil para  todo aquel que busque tener poder sobrenatural:

 

Aquel día muchos me dirán: “Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros.”  Pero entonces les contestaré: “Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!”

San Mateo 7: 22-23 (DHH)

 

El Espíritu que está en nosotros tiene que renovar esa fe que ya puso en nuestro corazón y sobre todas las cosas seremos aquellos que alcanzan las promesas que Dios nos hizo porque esa fe ha sido puesta otra vez en valor, ha sido puesta otra vez con fuerza en nuestra vida.

La transformación significa inclusive que lo que antes te hería ya no te hiere porque lo aceptaste, pero a la vez, porque fuiste tocado por la presencia de Dios. Que lo que fue difícil y aún lo es, va a ser vivido, si se quiere, de diferente manera.

 

Hay verdadero gozo porque tu nombre ya está escrito en los cielos y eso es mucho más poderoso que todo lo que buscas. Así que la verdadera motivación para buscar prodigios y maravillas es que Dios lo haga con nosotros y en nosotros.

Pastor Hugo Herrera

 

Es natural desear poder de lo alto para cumplir la tarea que Cristo nos ha dado. Él mismo dijo que sin Su presencia, separados de Él, nada podríamos hacer. El tema más importante que debemos evaluar aquí es la pregunta por nuestras motivaciones ¿deseamos ver algo espectacular? ¿Nos deslumbran los milagros a tal punto que nos desilusionamos si no los vemos? ¿Deseamos poder de Dios para nuestro propio beneficio?

 

Jesús tenía poder sobrenatural. Y siempre lo usaba para hacer el bien.

El libro de Mateo, capítulo ocho, nos cuenta que antes de subir a un bote con los discípulos para ir hacia la otra orilla hizo varios milagros: sanó a un leproso, luego al sirviente de un oficial romano y también a la suegra de Pedro que estaba con fiebre.  Las multitudes lo seguían a todos lados. Sus amigos, los doce, también.  Era lógico ¡El Señor obraba con poder donde quiera que fuera!

 

Jesús subió a la barca y sus seguidores lo acompañaron.  Entonces se desató una gran tormenta y las olas estaban cubriendo la barca, pero Jesús estaba durmiendo.  Entonces los seguidores se acercaron, lo despertaron y le dijeron: — ¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos ahogando!  Él les dijo: — ¿Por qué son tan cobardes, hombres de poca fe? Jesús se levantó y regaño a los vientos y al mar; y todo quedó en gran calma.  Ellos no lo podían creer y decían: — ¿Quién es este hombre que hasta el viento y las olas lo obedecen?

Mateo 8: 23-27 PDT

 

¡Qué susto! Los discípulos a punto de ahogarse corren a despertar al Maestro. Necesitan que los ponga a salvo.

¿Cómo habrán imaginado que lo haría? El texto no lo dice. Lo que sí remarca es que quedaron asombrados. No entendían qué era lo que estaba pasando. Sanar enfermos y enseñar con sabiduría era una cosa, pero hablar al  viento y a las olas para que se calmen y que eso suceda inmediatamente era algo que nunca jamás habían visto.

Estaban tan descolocados que hacen una pregunta muy muy rara ¿Quién es este?

Aquellos que compartían la vida cotidiana con el Maestro estaban desconcertados y confundidos por los milagros que hacía. Unas pocas palabras de su boca hasta eran suficientes para calmar una impredecible tempestad

 

¡Cuántas veces necesitamos que nuestras “tormentas” financieras, familiares o de salud finalicen! Lo deseamos con todo el corazón y esperamos un milagro que instantáneamente haga desaparecer aquello que nos angustia, pero no siempre sucede así. A veces hay que atravesar un largo proceso de espera que incluye ayuda humana; otras veces hay que aprender a convivir con una  respuesta que no nos gusta o que no es la que esperábamos escuchar. Dios tiene un proceso diferente para cada uno de nosotros, con respuestas y silencios personalizados. Él nunca está ajeno, aunque como los discípulos creamos que duerme.

Por eso es imprescindible aceptar que el principio de un milagro es seguir creyendo a pesar de no recibir lo que esperábamos.

Mónica Lemos