El refugio eterno

¡Nunca permitirá que resbales! ¡Nunca se dormirá el que te cuida! No, él nunca duerme; nunca duerme el que cuida de Israel.

Salmos 121: 3-4 DHH

 

¡No me sueltes!

¡No te duermas! 

¡No me dejes aunque crea que sigo cayendo por la pendiente! 

Solo me queda creer y confiar en que mi Dios es más fuerte y supera mis circunstancias.

 

No hay mejor manera de vivir que en la fe, aun cuando nos falte, cuando no recibamos lo que necesitamos; en medio de la tristeza, de la desolación, del tiempo que pasa y pasa y nada cambia. En  la enfermedad que se resiste a la oración de sanidad, en la angustia de las ausencias, en medio de la necesidad,  cuando esperamos y seguimos esperando con nuestras fuerzas debilitadas… necesitamos volver a decir: 

¡NO ME SUELTES AUNQUE YO TE HAYA SOLTADO!

¡NO TE DUERMAS AUNQUE YO NO ABRA LOS OJOS DE LA FE!

 

El único sobreviviente de un naufragio llegó a la orilla de una lejana y deshabitada isla. Todos los días oraba fervientemente a Dios para que lo rescataran; y todos los días miraba hacia el mar en su horizonte esperando ser salvado. Pero los días pasaban y su esperanza se iba esfumando.

Cansado, deprimido y hasta un poco resignado a su suerte, empezó a construir una pequeña cabaña  a un lado de la playa, para protegerse de la naturaleza y conservar las pocas pertenencias que había, con mucho esfuerzo, encontrado y salvado a lo largo de la isla.

Un día al regresar después de haber salido a buscar algo de comida, encontró que la pequeña cabaña se había quemado. El humo subía hasta el cielo. Y pensó que eso era lo peor que le pudo haber pasado pues hasta sus pocas pertenencias se habían perdido en el incendio.

El pobre náufrago estaba consternado, confundido, y lleno de tristeza. Herido y furioso con Dios lloró amargamente, y le gritó impotente diciendo: «¿Cómo puedes hacerme esto?». Lamentándose por todo lo que había pasado y de cómo Dios le había quitado todo, hasta sus pocas y humildes pertenencias, desconsolado, y sin más fuerzas para seguir llorando, se quedó dormido en la arena frente al mar.

Muy tempano por la mañana, lo despertó el sonido lejano de un barco que se acercaba a la isla. Sus ojos y su corazón no  podían creer que finalmente sería rescatado.

Cuando los marineros llegaron, el náufrago les preguntó: ¿Cómo es que sabían que yo estaba aquí?

Y ellos le contestaron: “Es que vimos las señales de humo que nos hiciste».

Autor desconocido

 

Hay momentos en que solo queremos un milagro, y Dios es el único que puede hacerlo, entonces como el salmista nos queda decir:

 

Cuando pienso en estas cosas, doy rienda suelta a mi dolor. Recuerdo cuando yo iba con la gente, conduciéndola al templo de Dios entre gritos de alegría y gratitud.

 

¿Por qué voy a desanimarme? ¿Por qué voy a estar preocupado?  Mi esperanza he puesto en Dios,  a quien todavía seguiré alabando.  ¡Él es mi Dios y Salvador!

Salmos 42:5, 11 DHH

 

El salmista describe sus pesares y nostalgias, y entonces se hace esta pregunta a sí mismo en tres ocasiones.

Aunque nuestros corazones y mentes se desalienten y nos sintamos deprimidos ¡Podemos esperar en Dios mientras le alabamos!

 

Cuando no tengas respuestas, ya no preguntes.

Cuando sigas resbalando, dejate caer, no te resistas hasta sangrar.

Cuando creas que estás realmente solo, recordá los días en que Dios fue tu compañía más real.

Cuando otros te muestren la verdad, pero no puedas creerla, no luches con tus pensamientos y date tiempo para asimilarla.

En los tiempos difíciles y de tristeza que parecen eternos, no te quedes pendiente del reloj o del calendario.

Cuando no tengas más fuerzas, dejá que otros peleen por vos y con su fe mantengan viva tu esperanza.

 

Ruth O.Herrera