“Acompañando el estudio de las Redes de nuestra iglesia, desarrollemos, juntos también desde nuestros devocionales, esta parábola tremenda y llena de enseñanzas.”
El menor le dijo: “Padre, quiero que me des ahora la parte de tus posesiones que sería mi herencia”.
Lucas 15: 12 PDT
Por lo general, al reflexionar sobre esta parábola, visualizamos al joven lejos de casa, apestando a cerdos, hambriento y con el corazón roto, lamentando haber despilfarrado su fortuna. Sin embargo, hay una desdicha silenciosa en esta historia que ocurrió mucho antes de que el joven hiciera sus valijas. Algo que no se desarrolló en una «provincia apartada», sino en la comodidad de la sala de su propia casa, junto al padre y su hermano. El hijo menor se creyó pobre siendo rico.
El gran error de este muchacho no ocurrió el día en que reclamó la herencia, ni en el que gastó su última moneda. Todo se desencadenó a partir del momento en que comenzó a perderse en la costumbre de una vida tranquila, en la rutina y la normalidad de una familia sin conflictos visibles.
¿Dónde dormía? En una cama seguramente limpia y cómoda. Cada mañana saludaría al padre al desayunar. ¿Qué comía? De los mejores animales y frutos de los campos de la familia. Tendría a disposición personas que lo ayudaban y servían.
¿Quién lo protegía? Los siervos y la influencia de su padre, y era respetado en la aldea porque llevaba el apellido de su padre.
Su herencia no se reducía a una bolsa de monedas, él era heredero de una posición como hijo desde su nacimiento.
Comía de su herencia, se vestía con su herencia, se relacionaba con los demás desde las posibilidades que le daba su herencia día tras día.
El engaño que envenenó su corazón fue creer que la herencia era el capital independientemente de su Padre. Él viajó rápidamente a la tragedia de la huida y el destierro autoimpuesto buscando ser dueño de su propia herencia.
Quiso los beneficios sin la relación. Quiso ser por sí mismo heredero, pero… ¿heredero de qué? Desde su primer día de vida había disfrutado la herencia completa. No se dio cuenta de que al pedir su parte ya no era heredero de nada.
Cuando nos quedamos, vivimos y disfrutamos la cercanía con nuestro Padre nuestra herencia se multiplica aún si esfuerzo y sin hacer nada.
El muchacho tuvo que perder su herencia para descubrir que siempre había sido un heredero.
Nuestra herencia es Dios; lejos de Su Casa somos tan solo esclavos de nosotros mismos.
Ruth O. Herrera
