El Tiempo

¿No dicen ustedes: “Todavía faltan cuatro meses para la cosecha”? Yo les digo: ¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura;

San Juan 4: 35 NVI

 

Hace varios años, una tarde me llamó mi hermano, que vive en el campo a quinientos kilómetros de distancia de Buenos Aires, para avisarme que si estaba en Capital Federal regresara inmediatamente a casa porque una gran tormenta que ya había pasado por allá llegaría en menos de dos horas a la ciudad.

Se lo comenté a mi jefe y me respondió que nunca le habían dado una excusa tan ingeniosa para irme antes del trabajo, pero momentos después volvió y me dijo: “está bien, nos vamos todos ahora”.

¡Menos mal que lo hicimos! Apenas alcancé a llegar a mi casa cuando se desató una lluvia torrencial que inundó numerosas localidades del conurbano, sumada a grandes vientos que volaron techos de lugares vecinos.

Ahora bien, yo antes de salir de mi casa habitualmente consulto el pronóstico que me ofrece el Servicio Meteorológico Nacional. Mi hermano, en cambio, mira el cielo, observa de dónde viene el viento y puede calcular el estado del tiempo. Sabe mirar. Yo también puedo observar el cielo, pero salvo que escuche truenos, vea que las estrellas se ocultan y aparecen nubarrones grises no me doy cuenta de que una lluvia se avecina.

Tal vez te parezca que esto no tiene nada que ver con tu vida diaria, tus preocupaciones actuales y mucho menos con tu fe, sin embargo Jesús sabía mirar de una manera única y por eso hacía comparaciones extrañas…

Los judíos del tiempo de Jesús tenían una expresión conocida, una especie de refrán: entre la siembra y la cosecha hay una espera de cuatro meses. Jesús lo cita, pero inmediatamente agrega que tienen que aprender a mirar porque para Él la cosecha ya llegó.

El Señor utiliza un lenguaje común y cotidiano para introducir una verdad espiritual. Ver aquello que parece incipiente, los comienzos como fruto. La semilla sembrada, como granos listos para ser recolectados. Aquello que nosotros todavía no podemos atisbar ya está en camino y es una realidad.

La necesidad de aprender a distinguir la obra espiritual sigue siendo un desafío para nosotros. A simple vista pareciera que tener muchos años en el camino de la fe nos permitiría conocer mejor a Jesús y distinguir su manera de actuar, pero no siempre es así.

De hecho, en los tiempos del ministerio del Maestro en la tierra había dos grupos de religiosos que constantemente buscaban el modo de que Él encajara en los conceptos de la ley religiosa de la cual eran expertos.  Y siempre terminaban desconcertados.

Los fariseos y los saduceos se acercaron a Jesús y, para ponerlo a prueba, pidieron que mostrara una señal del cielo. Él contestó: «Al atardecer, ustedes dicen que hará buen tiempo porque el cielo está rojizo  y por la mañana, que habrá tempestad porque el cielo está rojo y nublado. Ustedes saben discernir el aspecto del cielo, pero no las señales de los tiempos.

San Mateo 16: 1-3 NVI

 

Los fariseos y saduceos no necesariamente eran gente mala, simplemente no podían entender. Se habían aferrado a sus creencias, algunas de ellas eran culturales, enseñanzas que habían recibido de generación en generación y Cristo obraba con la libertad que produce conocer todo el consejo de Dios. Él actuaba de acuerdo con el verdadero sentido de Su misión en la tierra: buscar y salvar a aquellos que se habían extraviado, alejado del Padre y perdido el rumbo.

Hoy el Señor te invita a aprender a mirar donde otros no ven. ¿Cómo? Ejercitando tus sentidos espirituales. Todos los hijos de Dios los tenemos, solo que estamos tan acostumbrados a ver en lo natural que lo espiritual nos parece ajeno, lejano y casi inalcanzable. No es así.

No siempre vamos a recibir revelaciones sobrenaturales impactantes, pero sí podemos aprender a mirar desde el Espíritu Santo y no solamente desde la cultura. Si estamos atentos y receptivos al susurro del Espíritu, Él nos mostrará la necesidad real de las personas con las que nos relacionamos y entonces podremos ofrecer palabras que habiliten el nacimiento de una nueva vida.

 

Mónica Lemos