Por encima de todo, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto.
Colosenses 3:14 (NVI)
Para finalizar la lista de las cualidades que deben manifestarse en nosotros cuando estamos revestidos de Cristo, Pablo menciona el amor. Este atributo es esencial porque define a quien es nuestro Padre del cielo.
El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.
1° Juan 4:8 y 9 (RVR60)
(Énfasis del autor)
Este amor se expresa en acciones concretas: el amor de Dios se mostró en que envió a su Hijo para que nosotros tuviéramos vida. Esa fue la máxima expresión de amor que conoceremos. Amor sacrificial. Amor incondicional. Amor de entrega. Amor de renuncia.
Los seres humanos no somos capaces de brindar esta clase de amor, pero podemos revestirnos de él para que nuestros vínculos sean completos.
Culturalmente tenemos incorporada la noción de que el amor es un sentimiento y esto es un gran obstáculo para manifestar el amor que caracteriza a Dios. Este trasciende sentires, apariencias y conductas. Transforma personas y comunidades enteras. Une con lazos indestructibles la vida de los que abrazamos la fe y siempre está dispuesto a pasar por alto o a perdonar las ofensas que agrietan la comunión entre los hermanos.
Lo más importante de todo es que sigan demostrando profundo amor unos a otros, porque el amor cubre gran cantidad de pecados.
1° Pedro 4:8 (NTV)
Esta práctica del amor cristiano tiene tanta importancia que Pablo, por ejemplo, escribe todo un párrafo en la primera Carta que les escribe a los Corintios. Allí, luego de hablar de los dones, menciona algunos de ellos y los compara con el amor. Su conclusión es que un hijo de Dios puede tener grandes capacidades espirituales, pero si no se tiene amor no es nada. El apóstol es tajante en esto.
Ahora bien, puede resultas imposible poner en práctica esta clase de amor (exclusivamente cristiana) si no estamos llenos del Espíritu Santo. No olvidemos que el fruto de la vida del Espíritu es amor. Si no lo experimentamos, podemos llegar a conformarnos solamente con el afecto que tenemos por aquellos que son similares a nosotros o que simplemente nos caen bien.
El tema se ha tratado innumerables veces, tanto en libros como en sermones… pero hoy sigue sigue siendo un desafío permanente y, cada vez más, una necesidad imperiosa para poder acercar el Reino a quienes nos rodean.
Tomá un tiempo para buscar, en la intimidad con el Padre, una convicción renovada de amar como Él nos ama.
Mónica Lemos
