Pero llegará el momento, y en efecto ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. El Padre está buscando gente que lo adore así. Dios es Espíritu, y los que le adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.
Juan 4: 23-24 PDT
(Énfasis del autor)
¡Sí, Dios te está buscando!
A veces nos cuesta vivir esta realidad, nuestra comunión no es lineal, ni siempre igual. Vivimos distintas etapas, y tenemos diferentes maneras de vivir sus promesas porque nuestras experiencias con Dios son distintas a medida que pasa el tiempo. Pero todos somos desafiados a creer; a tener nuevas conversaciones con Dios, sueños y desafíos que nos ayuden a dejarnos encontrar por Papá.
Sabemos que es en la intimidad de la adoración que el Espíritu se revela de manera fluida, como parte de las charlas diarias devocionales. Para que esto suceda es imprescindible que Dios nos encuentre.
Según el pasaje que relata el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, queda claro que el Maestro la esperó para encontrarse con ella. Preparó y diseñó la ocasión… la esperó porque la estaba buscando.
Adorar es, ni más ni menos, responder. Es darle espacio a Dios que ya salió a nuestro encuentro.
No se trata de pensar en “cómo llegar hasta Dios”, sino en abrir el corazón para que Él me encuentre y te encuentre en medio de nuestras historias.
Dios te busca cada día. Él sale a tu encuentro. Así que… ¡transformate en un/a adorador/a continuo/a!, no importa el mucho o poco tiempo que apartes cuando estás rendido/a, lleno/a de pasión por Dios.
Tu experiencia de adoración y comunión es única e inimitable para Dios.
Para un padre amoroso, no importa cuántos hijos tenga, cada uno de ellos es único, su relación es personalizada. Dios es inmenso y se detiene con cada uno de nosotros, nos espera según nuestra característica y nuestra forma, porque sobre todas las cosas Él nos ama.
La adoración no solo sube, también baja. Es como un río que fluye en ambas direcciones: nuestra entrega y el derramamiento de Su Espíritu. Por eso, los que adoran en espíritu y en verdad no solo “salen emocionados”, sino renovados: con una nueva visión, un corazón más sensible, una mente más clara. Cada vez que adoramos, en realidad no estamos “haciendo algo para Dios”, sino entrando en la dinámica de un Dios que ya salió a buscarnos. Esto cambia la perspectiva: adorar no es cumplir un rito, sino dejarnos encontrar. La adoración auténtica es permitir que Dios nos halle en nuestra vulnerabilidad, en nuestra verdad, y nos envuelva con Su Espíritu.
Pero es necesario que rompas todo yugo, lo que te ató, que anudó tu vida. Esta es una palabra muy fuerte… como la mujer de Samaria necesitás, seguramente, tener un tiempo de intimidad especial para que el Espíritu te lleve a toda verdad. Entregá, una vez más, tu pasado y tus tiempos oscuros, renová tu corazón y examiná tus relaciones conflictivas a luz de esta palabra…
Ruth O. Herrera
