“Acompañando el estudio de las Redes de nuestra iglesia, desarrollemos juntos, también desde nuestros devocionales, esta parábola tremenda y llena de enseñanzas”.
»Cuando finalmente entró en razón, se dijo a sí mismo: “En casa, hasta los jornaleros tienen comida de sobra, ¡y aquí estoy yo, muriéndome de hambre! Volveré a la casa de mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de que me llamen tu hijo. Te ruego que me contrates como jornalero’”.» Entonces regresó a la casa de su padre, y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio llegar.
Lucas 15:17-20a (NTV)
(Énfasis del autor)
Cuando tomó conciencia de su estado real, recién ahí entró en razón. En la pobreza extrema, ni siquiera se le ocurrió pensar en los privilegios de los que había disfrutado solo por nacer en la familia de su padre. No. Él comparó su necesidad de comida con la abundancia de la que disponían los que trabajaban en su casa. ¡Cómo habían disminuido sus aspiraciones! Lo que en otro tiempo hubiera menospreciado, ahora tomaba un valor inusitado. Tanto, que planeó su regreso y se tomó el trabajo de ensayar cuidadosamente cada palabra que le diría a su papá para que lo contratara como un trabajador más.
Unió el pensamiento a la acción y emprendió el camino de regreso. Se jugaba el todo por el todo: reconocería su pecado y su indignidad para rogarle a su padre por un trabajo.
Muchas veces, hay que tocar fondo antes de poder admitir ante nosotros mismos quienes somos realmente y el daño que hemos producido con nuestros actos. Pero cuando eso sucede, cuando comenzamos el camino de regreso, nos espera una hermosa e inmerecida sorpresa: ¡El Padre nos ve llegar, aunque aún estemos lejos!
En ese tiempo, según la ley de Moisés, un padre tenía derecho a llevar a su hijo rebelde ante los ancianos para que le dieran el castigo que merecía su rebeldía.
El pecado puede hacernos pasar de hijos a jornaleros, de libres a esclavos. Puede cegarnos a tal punto que ni siquiera confiemos en la sinceridad de nuestro arrepentimiento. Podemos pedir perdón porque sabemos que nos conviene, para recuperar algo de lo que perdimos.
El corazón humano es engañoso, nuestros motivos a menudo están mezclados. No importa. Aun así, lo importante es volver a casa.
Mónica Lemos
