Juan le dijo a Jesús: —Maestro, vimos a alguien usar tu nombre para expulsar demonios, pero le dijimos que no lo hiciera porque no pertenece a nuestro grupo.

Jesús le dijo: — ¡No lo detengan! Todo el que no está en contra de ustedes, está a su favor.

Cuando se acercaba el tiempo de ascender al cielo, Jesús salió con determinación hacia Jerusalén.  Envió mensajeros por delante a una aldea de Samaria para que se hicieran los preparativos para su llegada,  pero los habitantes de la aldea no recibieron a Jesús porque iba camino a Jerusalén. Cuando Santiago y Juan vieron eso, le dijeron a Jesús: «Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que los consuma?». Entonces Jesús se volvió a ellos y los reprendió.  Así que siguieron de largo hacia otro pueblo.

Lucas 9: 49-56 TLA

 

¡Qué  difícil puede resultarnos vivir entre lo humano y lo divino! El poder caminar con el Señor de señores en íntimo contacto con su poder y al mismo tiempo estar “limitados en nuestra humanidad”. Andar entre el cielo y la tierra, vivir simultáneamente en  lo natural y lo espiritual, conciliando ambas realidades en nuestra vida cotidiana.

 

Es un gran desafío entender lo complicado que era para los discípulos seguir a Cristo y ser transformados diariamente… y nosotros nos parecemos a ellos luchando con nosotros mismos.

 

Jesús conocía a sus discípulos, los amaba y respetaba cuando ellos no entendían o veían claramente su ministerio. Los exhortaba tratando de que entendieran lo inexplicable y otras veces los reprendía. En este relato, la paciencia de Jesús parece infinita porque por sus actitudes no parecían ser sus discípulos. 

 

No estamos frente a seguidores ocasionales, sino a quienes fueron detenidamente elegidos por Cristo pero al leer el pasaje vinieron a mi mente algunas de las incontrolables emociones que mostraban y dejaban ver que eran hombres absolutamente comunes. Celos, orgullo, envidia, enojo, falta de misericordia, agresividad, menosprecio, actitudes y emociones que no coinciden con el espíritu del Maestro. .

 

En este mismo capítulo de Lucas encontramos el difícil proceso entre la manifestación de humanidad y el carácter de Cristo. Un proceso que duro años en medio de las demostraciones de poder, sanidades y declaraciones del Reino que Jesús les mostraba.

 

Jesús reunió a sus doce discípulos, y les dio poder para sanar enfermedades y autoridad sobre todos los demonios.  Luego los envió a anunciar las buenas noticias del reino de Dios y a sanar a los enfermos.

Lucas 9:1.2 TLA

 

Jesús los reúne, les transfiere de su poder y autoridad y envía a los 12 a predicar, liberar y sanar, les delega la sobrenatural gracia de reproducir los milagros.

Luego en el versículo 10 comienza el relato de la alimentación milagrosa. Más de 5.000 personas son alimentadas por Cristo frente a los ojos asombrados de los discípulos que no tenían comida suficiente ni para ellos mismos.

 

Entonces Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, miró al cielo y los bendijo. Luego los partió y dio los pedazos a los discípulos, para que ellos los repartieran entre la gente. Todos comieron y quedaron satisfechos. Y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.

Lucas 9: 16-17 TLA

Jesús más tarde los confronta con sus propias creencias —Y ustedes, ¿quién dicen que soy?,  y solo uno pudo responder. Acto seguido les anticipa su muerte, un futuro absolutamente desafiante y una confrontación más dura todavía.

 »Si alguno se avergüenza de mí y de mis enseñanzas, entonces yo, el Hijo del hombre, me avergonzaré de esa persona cuando venga con todo mi poder, y con el poder de mi Padre y de los santos ángeles.  Les aseguro que algunos de ustedes, que están aquí conmigo, no morirán hasta que vean el reino de Dios.»

Lucas 9: 26-27 TLA

Jesús sigue mostrándose ante ellos como el Mesías, el Hijo de Dios, pero ellos luchaban con sus propias expectativas, carácter, costumbres, y así es como los tres discípulos elegidos para presenciar el cielo en la tierra… no entendieron mucho

 

Cuando Moisés y Elías estaban a punto de irse, Pedro le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno que estamos aquí! Si quieres, voy a construir tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pedro estaba hablando sin pensar en lo que decía. Mientras hablaba, una nube bajó y se detuvo encima de todos ellos. Los tres discípulos tuvieron mucho miedo.

Lucas9: 33-34 TLA

 

Y así,  solo en este capítulo sigue quedando en evidencia la difícil trasformación que ellos, como nosotros enfrentamos al seguir al Salvador. Jesús vuelve a mostrar su autoridad, poder y misericordia al liberar a un joven con violentas convulsiones y declararlo sano.

Pero lo más inconcebible fue para Jesús el escucharlos discutir por los lugares de privilegio que según ellos merecían…

Jesús vuelve a anunciar su muerte, pero ellos lejos de comprenderlo solo podían pensar en sí mismos.

 

Cuando Jesús se dio cuenta de lo que ellos pensaban, llamó a un niño, lo puso junto a él,  y les dijo: «Si alguno acepta a un niño como éste, me acepta a mí. Y si alguno me acepta a mí, acepta a Dios, que fue quien me envió. El más humilde de todos ustedes es la persona más importante.

Lucas 9: 47-48 TLA

 

Debo reconocer que yo no soy diferente a los discípulos, ninguno de estos relatos me son lejanos. Por eso estoy tan agradecida a Dios de ser un Padre paciente y perdonador. Jesús fue un amigo, un hermano mayor, el Maestro, y sobre todo un hombre de carne y hueso que pudo soportar y entender a los demás.

 

Vos, ¿reconoces alguna actitud similar a la de ellos, aunque sea leve, en tu propia vida?

¿Recordás alguna vez haber participado de algún episodio parecido? Seguramente hoy sea un día oportuno para adorar y darle gracias a Jesús por su paciencia sobrenatural. Gracias porque sigue llamándonos “amigos” aunque cuenta con nuestra dureza para vivir entre lo humano y lo divino.

 

Gracias Jesús…otra vez hoy quiero decirte “GRACIAS POR CONFIAR EN MÍ”

 

Ruth O. Herrera