Dios es mi fortaleza firme, y hace perfecto mi camino. Entrena mis manos para la batalla; fortalece mi brazo para tensar un arco de bronce.
2° Samuel 22: 33 y 35 NTV
Hay gente a la que le gustan las batallas. No es mi caso. Yo amo la tranquilidad, en lo
posible quiero que la armonía me rodee y que la paz reine en mi vida.
Hace varios años, una mujer me dio una palabra de parte del Señor que afirmaba mi valor, en el sentido de ser valiente… creo que en ese momento mis ojos interiores recorrieron mentalmente el lugar e de inmediato pensé: te equivocaste de persona, lejos, pero muy lejos.
Con el tiempo sus palabras adquirieron un sentido nuevo para mí, entendí a qué se refería.
Sin embargo, aun hoy cuando escucho las frases: “mujer guerrera” o “guerreras de oración” algo dentro de mí hace ruido. Yo quiero que sea el Señor el que pelee mis batallas.
Si hay que guerrear prefiero encaminar mis pasos hacia el lado contrario. Amo la paz.
El que escribió el texto con el que comienza el devocional de hoy era un varón, que
además se hizo famoso por vencer a un gigante de un solo piedrazo. Enfrentó muchas
batallas en su vida y llevó a Israel a un período de esplendor. El término “guerrero” se le
aplica perfectamente.
No obstante, él reconoce que es Dios el que entrena sus manos para la batalla y fortalece
su brazo para que pueda usar el arco y las flechas. Y esa fue su gran diferencia frente a los enemigos con los que tuvo que luchar durante casi toda su vida.
Te gusten o no las batallas, vienen solas. Tal vez puedas elegir en cuáles involucrarte y en cuáles no… hay algunas que realmente no merecen tu esfuerzo, solo te desgastan. No vale la pena confrontar con personas que sabés que no van a cambiar. Es tiempo perdido. Más, si están en una situación de poder. Si podés, mejor alejate. Si no… ejercitate en el arte de pasar por alto. Cuesta y va a consumir mucha de tu energía…
De todos modos, el Señor está dispuesto a entrenarte para las batallas que sí tendrás que luchar. Las externas y las internas. David aprendió que solo Dios era su fortaleza firme y que Él haría perfecto su camino.
A David este aprendizaje le llevó muchos años y mucha ejercitación. Debe de haber desarrollado unos bíceps capaces de tensar el arco lo suficiente como para que las flechas salieran disparadas. ¿Cómo lo hizo? Supongo que a fuerza de repetir las acciones.
Dios lo entrenaba, pero él todos los días dispondría un tiempo para agarrar el arco, tensarlo y disparar, una y otra vez, hasta que el mecanismo estuviera incorporado en él y pudiera hacerlo sin pensar.
Hoy Papá te propone que te detengas un momento a pensar en qué áreas necesitás un
entrenamiento especializado y cuánto tiempo estás dispuesto a emplear para ejercitarte
hasta que seas diestro en el arma que Él te dio para batallar.
Mónica Lemos
