Entonces Zaqueo bajó del árbol rápidamente y se puso muy feliz de recibir a Jesús en su casa.
Todos los que vieron esto se quejaban: «Miren la clase de hombre con quien se hospeda Jesús. ¡Zaqueo es un pecador!»
Lucas 19:6-7 PDT
(Énfasis del autor)
Es muy interesante saber que, en el mundo del Medio Oriente antiguo, y particularmente en el judaísmo del siglo I, compartir la mesa era uno de los actos sociales y espirituales más íntimos y cargados de significado que existían. El concepto de compañerismo en la mesa equivalía a una alianza. Comer el pan con otra persona significaba: “Te acepto, te ofrezco mi amistad, comparto mi paz (Shalom) y te considero mi igual».
En este caso la comida en casa de un publicano fue “un escandalo”.
Para un líder religioso estricto la pureza ritual era obsesiva. Creían que la impureza espiritual de un pecador podía transferirse como un virus a través del contacto y, especialmente, al compartir comida. Sentarse a la mesa con un publicano era sentarse con quien robaba dinero manchado de sangre y extorsión. Arruinaba la reputación del rabino.
Y estoy segura que Jesús sabia perfectamente el desprestigio que acarreaba comer con Zaqueo… y con toda la “gentuza que lo acompañaba”. Los responsables de promover la pobreza por avaricia. Era incomprensible ver al Mesías esperado, profeta de la justicia, abrazar al opresor en lugar de juzgarlo, obviamente provocó indignación. Para los religiosos y el pueblo en general Jesús estaba cruzando una línea imperdonable. El santo se estaba mostrando como amigo del villano.
Estos dos versículos muestran el choque de dos reacciones opuestas ante la gracia de Dios: el gozo explosivo y el resentimiento religioso.
Por un lado, está Zaqueo. «Bajó rápido y feliz». Zaqueo no objeta, no dice «Señor, mi casa está sucia», ni «Señor, no soy digno». Simplemente obedece y experimenta una alegría indescriptible. El gozo es siempre el primer fruto de quien comprende que ha sido perdonado cuando no lo merecía.
Por otro lado, la decisión de Jesús de ir a la casa de Zaqueo es una demostración profunda de cómo funciona el Evangelio. En la cruz, Jesús haría esto a una escala sideral. Fue contado entre los pecadores y se hizo maldición por nosotros. Jesús perdió su reputación para darnos a nosotros una nueva.
Hoy estamos “acostumbrados” a Su Gracia y su Perdón. Podemos perder de vista que nuestra vida, aún sin ser estafadores o intencionalmente malas personas, provocó que Jesús sea insultado. Estamos “cómodos, tranquilos” con nuestra salvación… y aunque intelectualmente sabemos que no lo merecíamos, en lo cotidiano no vivimos lo suficientemente agradecidos/as.
Hoy te propongo que seas vos quien se detenga y sirva una mesa de gratitud y adoración al Señor, a Jesucristo el Hijo del Dios Viviente en palabras…
“Señor, gracias por el escándalo de tu gracia”. Gracias porque no viniste a buscar a los que se creen perfectos, sino a los pecadores. Hoy te pido perdón porque a veces soy como la multitud, juzgando a otros y pensando que soy superior por mis méritos. Llename del gozo casi infantil de Zaqueo. Quiero recibirte y agasajarte como el invitado de honor que trae la fiesta a mi casa.
Ruth O. Herrera
