Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote. Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.
Marcos 5: 34-36 RVR1960
(Énfasis del autor)
Jairo, un hombre importante, líder de la sinagoga, había dejado su orgullo a un lado para caer a los pies de un rabino itinerante llamado Jesús. Su hija de doce años estaba al borde de la muerte y él logró convencer a Jesús de que lo acompañara a su casa. Podemos imaginarlo abriendo paso entre la multitud, sudando, con el corazón latiendo a mil por hora, pensando: «Si tan solo llegamos a tiempo, mi pequeña vivirá». Entonces… Jesús se detuvo en el camino para sanar a una mujer. Jairo presenció el milagro, escuchó cómo Jesús declaró vida y sanidad a una desconocida. Seguro lo impulsó a sentir esperanza ver el poder del Maestro, y a la vez desesperación porque el tiempo se agotaba. Y en ese momento, vio acercarse a los mensajeros de su casa. Sus rostros, seguramente, ya decían lo que sus bocas estaban por pronunciar.
Mientras él todavía hablaba con ella, llegaron mensajeros de la casa de Jairo, el líder de la sinagoga, y le dijeron: «Tu hija está muerta. Ya no tiene sentido molestar al Maestro».
Marcos 5: 35 NTV
Después de creer que algo bueno podía suceder, llegó la noticia más temida: “Tu hija está muerta». Cuatro palabras que destruyeron el mundo de un padre en un milisegundo. Fue el dictamen final, irrevocable y cruel. ¡Fuera la esperanza!
“Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?» Esta es, sin duda, una de las frases más desgarradoras de todo el Nuevo Testamento. ¡Qué momento…!: «Mientras él aún hablaba…».
Todos hemos enfrentado momentos así, o los enfrentaremos. Es ese momento en que el médico entra con los resultados que no deseamos; cuando se termina una pareja;
esa llamada telefónica en medio de la noche; el correo electrónico que dice: «Queda despedido». Es cuando la situación cruza la línea de lo «difícil» y entra en la categoría de lo «imposible».
Entró y preguntó: «¿Por qué tanto alboroto y llanto? La niña no está muerta; solo duerme».
Marcos 5: 39 NTV
Si nos ponemos en los zapatos de Jairo por un segundo, cada palabra que Jesús intercambiaba con esa mujer era un segundo menos de vida para su hija. Este hombre estaba experimentando la agonía de la espera. Estaba viendo cómo Dios resolvía el problema de otra persona, mientras el suyo se agravaba.
La vida está llena de momentos en los que sentimos que el tiempo se nos escapa de las manos. Vivimos en una cultura de lo inmediato, donde esperar nos produce ansiedad, frustración y, a menudo, desesperación. A veces creemos que el reloj de Dios no parece estar sincronizado con nuestro reloj, cuando la urgencia de nuestra crisis choca de frente con la aparente «lentitud» de Jesús.
Pero Jesús nunca llega tarde. Él ve el plan completo, y la espera no compite con la esperanza. Los tiempos del Señor, desde siempre, son tiempo sin tiempo, tiempo de esperanza y fe… Vos y yo, una y otra vez, necesitamos creerlo…
Ruth O. Herrera
