Examen de autoridad

Al amanecer fue otra vez al área del templo, y toda la gente se le acercó. Jesús se sentó y empezó a enseñarles. Los maestros de la ley y los fariseos le llevaron una mujer que había sido sorprendida cometiendo adulterio. La pusieron en medio de ellos y  le dijeron a Jesús:—Maestro, esta mujer fue sorprendida cometiendo adulterio.  Moisés nos ordenó en su ley que matemos a pedradas a la mujer que haga esto. ¿Tú qué dices?

San Juan 8. 2-4  (PDT)
(Énfasis del autor)

La historia de hoy es muy conocida, pero quiero desafiarte a verla desde otro punto de vista. La figura de Jesús convocaba multitudes. La gente del pueblo lo seguía de un lugar a otro para escuchar sus enseñanzas. Los maestros de la ley y los fariseos solían estar presentes, pero en su caso, a menudo las intervenciones de este Rabí tan singular provocaban discusiones o respuestas airadas. Esta vez en lugar de disponerse a escucharlo, le llevaron un caso para que resolviera la disyuntiva entre obedecer la ley de Moisés o mostrar compasión y perdonarle la vida. ¡Sin duda no era una situación fácil! Cualquier respuesta que diera lo ponía en una posición crítica. El desafío aparente era Moisés versus Jesús…

¿De qué manera se responde cuando alguien pregunta algo con la intención de ponerte una trampa?

El Señor enfrentó muchas veces esa situación y nunca contestó de la misma forma. En este caso puntual, ante la insistencia de esos hombres, no les dijo nada, pero tampoco dictó sentencia contra la mujer. Se tomó su tiempo y cuando habló cambió diametralmente el eje del protagonismo.

Ellos seguían preguntándole lo mismo. Así que se puso de pie y les dijo:—El que nunca haya pecado que tire la primera piedra.

San Juan 8. 7  (PDT)
(Énfasis del autor)

¿Cómo? La respuesta debía ser otra, muy distinta. ¿O no? Había que matar a esa mujer a pedradas. La ley lo decía. De repente, este Maestro los “invitó” a mirar hacia adentro antes de actuar y todos comenzaron a retirarse uno a uno, los más viejos fueron los primeros. No quedó nadie más que Jesús y la sorprendida en pecado. La escena que habían imaginado las autoridades religiosas cambió por completo. La única que obtuvo la palabra del Señor fue la mujer, y esa respuesta le salvó la vida.

Jesús podría haberles dicho a los fariseos que ellos no estaban capacitados para juzgar a nadie. Y era cierto. En lugar de eso, decidió enfocarse en lo que era realmente importante: la vida de una muchacha anónima que había sido expuesta sin ninguna consideración, solo para tenderle una trampa al Mesías.

Tampoco yo te condeno. Vete y de ahora en adelante no peques más.

Seguramente recuerdes algún momento cuando alguien, que sabía que eras cristiano, pidió tu opinión sobre algún tema que genere controversia: aborto, ideología de género, matrimonio igualitario… En tiempos de polarización extrema, es sabio abstenernos de expedirnos sobre todo asunto que esté dando vueltas por los medios de comunicación o redes sociales. En primer lugar, porque nuestro conocimiento es limitado y parcial y en segundo lugar porque la cosmovisión del sistema es antagónica a la del Reino. Los debates suelen ser infructuosos, nos colocan en una posición de la cual nuestro Señor decidió correrse porque no resuelve la cuestión de fondo.

La Vida que ofrece Cristo supera cualquier opinión o discurso. Que el Espíritu te guíe para que te enfoques en dirigir a las personas solo a Él.

 

Mónica Lemos