(…) Así que dijo al viñador: “Mira, ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no he encontrado nada”.
Lucas 13:7 DHH
Si la higuera hubiera hablado, ¿qué excusas diría para no producir higos durante tres años? Que el suelo era muy duro, que no recibía suficiente sol, que una plaga la dañó, o que las otras plantas le robaban los nutrientes. Todas excusas valederas y posibles.
Hoy seamos la higuera, pensemos en nuestras propias excusas. «Es que no tengo tiempo». «El trabajo me absorbe». «Mi familia es muy complicada». «No tengo los dones necesarios». «Viví cosas muy difíciles». «Nadie me enseñó cómo hacerlo». Etc.
Realmente hay épocas en que estas no serían solo excusas, momentos en los que dar fruto requiere que nos sostengan o hacer una pausa. Pero si tenemos como estilo de vida no asumir nuestro rol de hija/o, comprometernos con Dios y con los demás… somos como higueras defectuosas.
Las excusas son, a menudo, las piedras que ahogan la Palabra de Dios en nosotros. Se levantan como preocupaciones o distracciones que quitan al Señor del centro de nuestra vida. Nuestras inseguridades toman prioridad sobre el propósito para el cual fuimos creados: glorificar a Dios llevando mucho fruto (Juan 15:8).
Las excusas nos estancan. La visión que tenemos de nosotros mismos nos convence de que nuestra esterilidad es inevitable o la culpa nos encierra y abandonamos el plan.
Si realmente son excusas, no nos eximen de la responsabilidad de buscar el cambio.
Aunque puedan ser realidades dolorosas o desafiantes en nuestras vidas, no dejan de ser, en el fondo, excusas cuando se usan para justificar pasividad espiritual.
Pero el dueño de la viña no preguntó por los pretextos de la higuera. Él simplemente buscó fruto.
No hay excusa que justifique negarnos a permitir que Dios obre en nosotros.
Dios conoce nuestras luchas, debilidades y entorno, por eso envió al Espíritu Santo en nuestro auxilio.
Al terminar esta serie de devocionales te propongo una charla íntima con Papá.
Señor, muchas veces me escondí detrás de las excusas. Dejé que las circunstancias y las distracciones, o mis propios miedos, se conviertan en razones válidas para no dar el fruto que esperabas de mí. Perdón por no sostener mi compromiso. Ayudame a desenmascarar mis excusas y a confiar en que tu gracia es suficiente para hacerme fructífero/a, sin importar mis debilidades o mi entorno. Amén.
Ruth O. Herrera
