Excusas

«Al oír esto, uno de los que estaban sentados a la mesa con Jesús le dijo: —¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!»

Lucas 14:15

 

Para entender el corazón de la Parábola de la Gran Cena, primero debemos sentarnos en la habitación donde Jesús la relató. El contexto lo es todo. Jesús no estaba predicando a una multitud; estaba en la casa de un líder de los fariseos, compartiendo una comida en el día de reposo en un ambiente tenso.  La Biblia nos dice que los fariseos «lo estaban observando cuidadosamente», buscando cualquier error para acusarlo.

 

Un día Jesús fue a comer a casa de un fariseo prominente. Era sábado, así que estos estaban acechando a Jesús. (Lucas 14:1 NVI)

 

Como era su costumbre, Jesús incomodó a la élite religiosa al sanar a un hombre en el día de reposo. Y después sumó más tensión al notar el orgullo de los fariseos buscando los lugares de honor en la mesa, y confrontó al anfitrión que, en lugar de invitar a sus amigos ricos que podían devolverle el favor, debería haber invitado a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos. Entonces en ese momento de tensión e incomodidad, un invitado, tratando quizás de aligerar el ambiente o de sonar súper espiritual, suelta una frase: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!». Evidentemente, como la mayoría de los líderes religiosos de su época, asumía que él tenía un asiento reservado en el cielo simplemente por su linaje, su estatus social y su cumplimiento de las reglas. Jesús cuenta la parábola de la gran cena para derribar esta falsa seguridad.

Describe la actitud de ellos mismos rechazando el gran banquete de Su presencia entre ellos. Los enfrenta a la arrogancia de desmerecer al Hijo de Dios.

 

La historia del hombre que prepara una gran cena y es rechazado, desmerecido, ignorado, refleja la actitud de aquellos comensales.

«Ustedes creen que aman el banquete de Dios, pero cuando son invitados solo ponen excusas sin valor…Yo soy el banquete.”

 

El contexto nos enseña que la religiosidad no garantiza la comunión con Dios. Podemos conocer la teología del Reino de Dios, hablar y hasta enseñar sobre él, pero si rechazamos al Rey cuando nos invita a tener intimidad verdadera con Él estamos fuera del Reino.

 

Congregarse en la iglesia, cantar, participar o ser protagonista del programa ministerial no es sinónimo de estar a la mesa del banquete.

El banquete es mucho más personal e íntimo, es diario, es una búsqueda, es habitar en Su Presencia. Aceptar sus demandas, disfrutar de paz. Ni vos ni yo podemos juzgar a aquellos invitados, porque no siempre estamos en Su mesa. No quiero ser alguien que simplemente habla del banquete, sino alguien que se sienta a Su mesa todos los días. Hoy es un gran día para aceptar Su invitación.

 

Ruth O. Herrera