Extravagante amor

“Acompañando el estudio de las Redes de nuestra iglesia, desarrollemos, juntos también desde nuestros devocionales, esta parábola tremenda y llena de enseñanzas.”

También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.

Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros

Lucas 15: 11-13, 17-19 RV1960

Esta parábola que Jesús compartió trasciende el tiempo y la cultura porque, en su esencia, es la biografía espiritual de cada uno de nosotros. Todos hemos sido, en algún momento, el hijo que huye; todos hemos probado el polvo de nuestras propias malas decisiones.

Para entender el peso monumental de la parábola del hijo pródigo, tenemos que observar el escenario en el que Jesús la pronunció. No fue una historia contada al azar en el vacío; fue una respuesta directa, aguda y profunda a lo que veía frente a Él. El capítulo 15 del Evangelio de Lucas comienza pintando un cuadro de contrastes extremos

Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come.

Lucas 15:1-2 RV

Había dos grupos escuchando a Jesús ese día. Por un lado, estaban los publicanos y pecadores. Estas eran las personas rotas, los marginados sociales, despreciados en público. Eran los cobradores de impuestos que habían traicionado a su nación, las prostitutas, los ladrones, los excluidos. Por eso se sentían atraídos por Jesús, porque en Él no encontraban la mirada fulminante de la condena, sino una invitación a la vida.

Por el otro lado, estaban los fariseos y escribas. Eran la élite religiosa, los guardianes de la moralidad, los hombres que memorizaban la Torá y ayunaban dos veces por semana. Cuando miraban a Jesús, decían: «Si este hombre fuera realmente un profeta de Dios, sabría qué clase de escoria son estas personas y se apartaría de ellas. Al comer con ellos, está diciendo que Dios los acepta». Y tenían toda la razón. Eso es exactamente lo que Jesús estaba diciendo

En este contexto las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo que se fue eran explícitamente una declaración de amor y búsqueda del publico que “se sentía perdido”.

Jesús contó la parábola del hijo pródigo por dos razones fundamentales: la primera, para mostrarles a los pecadores el corazón extravagante, ilógico y escandaloso de Dios el Padre, asegurándoles que no importa qué tan lejos huyan o lo sucios que estén, el camino a casa siempre está abierto. Y la segunda razón era para confrontar el corazón frío y calculador de los religiosos, mostrando que uno puede estar geográficamente en la casa del Padre, pero realmente vivir en un país lejano…

Sea cual sea hoy tu condición o cuán cerca o lejos te sientas de Papá, te invito a terminar la lectura de hoy dándole gracias por su extravagante amor.

 

Ruth O. Herrera