El amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia.
1° Corintios 13:7 (NTV)
Ayer hablábamos de hacer el bien, de actuar de acuerdo con la naturaleza que hemos recibido de Cristo. De eso se trata el amor al prójimo: de buscar activamente su bien y hacerle bien.
Cuando decidimos ponerlo en práctica, muchas veces surgen complicaciones derivadas de nuestra impaciencia, defectos, carencias o simplemente de obrar en nuestras propias fuerzas. Entonces es el momento de recordar qué tipo de amor muestra la cosmovisión bíblica. Entre otras, sus características son las siguientes:
Jamás se da por vencido,
Jamás pierde la fe,
Siempre tiene esperanzas,
Se mantiene firme en toda circunstancia.
En las dos primeras, Pablo expresa lo que el amor cristiano no hace: darse por vencido y perder la fe. En las dos últimas, lo que sí hace: tener esperanzas y mantenerse firme en toda circunstancia.
Por supuesto que podemos atravesar momentos difíciles y que nuestros estados de ánimo pueden variar. ¡Dios lo sabe! Incluso conoce nuestras motivaciones. Por eso, el desafío que hace el apóstol implica una experiencia que solo se origina en el Espíritu. No se trata de terquedad, ingenuidad o rigidez, sino de constancia, expectativa y firmeza.
Cuando buscamos el bien de nuestro prójimo y actuamos por amor, no siempre tendremos éxito inmediato. No obstante, somos desafiados a no darnos por vencidos y a no perder la fe. Insistimos en obrar de acuerdo con el espíritu de Cristo porque esa es Su naturaleza. Conservamos la expectativa y nos mantenemos firmes porque sabemos que no debemos cansarnos de hacer el bien. Si no nos rendimos, tendremos una buena cosecha en el momento apropiado.
Gálatas 6:9 (PDT)
La Palabra nos exhorta a que no nos cansemos porque lo normal es que el cansancio aparezca. Tarde o temprano, el desgaste se hace presente. Sentimos que es muy limitada la capacidad que tenemos de generar cambios. Algunos se dan por vencidos porque alguien abusó de su buena disposición. Otros, se brindaron generosamente durante mucho tiempo, pero cuando llegó el momento en que necesitaron recibir, la respuesta fue el silencio o la indiferencia. Como seres humanos, estas situaciones nos decepcionan y, en algún momento, podemos bajar los brazos.
Por eso, si hoy sentís que has dado demasiado y no ves fruto, el Señor te recuerda que no te rindas, Él dará la cosecha a su tiempo. No pierdas la fe, conservá la esperanza, mantenete firme.
Mónica Lemos
